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Asociación para el
Desarrollo Cultural CAMINO |
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CUENTOS Y RELATOS |
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Relato de
David Robinson. Vértigo (in ego volantis)
(Colección Cuadernos Marginales; Universidad Tecnológica de Panamá;
2001)
Cuentos
de cierre de la primera época. Ellos recogen las inquietudes del autor acerca
de la angustia existencial y la caída del falocentrismo social provocado por
la impotencia afectiva. Triste bebida para los
guayacanes
Parecía un viaje más
hasta que nos topamos con un inoportuno embotellamiento. Sentado al lado de
la ventana de uno de los primeros asientos, observaba a través del parabrisas
del autobús cómo avanzaba lentamente la fila de coches. Primero me enojé y
luego, exasperé por la demora. El pesado bus adelantaba unos cuantos metros y
frenaba, sacudiendo nuestros cuerpos como mangos en árbol apedreado por
chiquillos. ¡Que necedad! Avanzar, frenar...y el remezón. Las luces de frenos
de los autos que nos precedían, estaban semiocultas por el humo de sus
escapes: humo con sabor azul ocre y color soso amargo. En caída libre el sol
chocaba contra el pavimento, transformándolo en una extensa caldera. Dentro
del bus, se respiraba una mezcla de aburrimiento y aire húmedo. El tiempo
avanzaba...frenaba...y agitaba sus minutos. Una isleta sembrada de guayacanes
floridos, dividía en dos la avenida; sus pétalos caídos parecían alfombra
tendida bajo los pies de la tostada tarde. Con pausa nos fuimos acercando a
un auto blanco metido en la isla; era como un gran cebú tirado en el pasto,
con la testa de cristal hecha añicos. Su conductor y un pasajero conversaban
dentro del automóvil. Para ver mejor, saque la cabeza por la ventanilla y
constaté la diferencia entre el aire hervido interno al bus y la atmósfera
asada de afuera. Estiré el cuello y allí lo vi, acostado al pie de un
guayacán: los brazos en cruz, la pierna derecha recogida y la otra estirada, ambas
sin zapatos. Una aureola de sangre rodeaba su cabeza. Nunca olvidaré que
cuando el bus se detuvo a su lado, sus ojos opacos y los míos parecieron
encontrarse. Esa tarde joven, vi como los guayacanes se conmovieron al ver su
diluida alfombra, manchada de bermellón. Un agrio bocado les tocó engullir,
plasma coagulado de dolor; el asco hizo palidecer sus hojas, ramas y troncos.
No pude resistir la tentación de bajar del bus e investigar los por menores.
Ella estaba al lado del cuerpo en una actitud muy extraña; le hablé y según
me dijo, lo vio todo, bueno, casi todo. Me contó que ambos tenían la
intención de cruzar la calle ardiente. Él se adelantó y le faltaban unos
cuantos pasos. Ella no se decidía, pues una brisa impertinente intentaba
levantarle la falda; solamente oyó un estallido sordo y al levantar la vista,
él caía en pleno césped. Sin importar el espectáculo de la falda, corrió lo
más veloz que pudo, tratando de ganarle a la de los ojos de abismo. Se
apuró...sí...cómo se apresuró. Sin embargo cuando llegó a su diestra, ya la
mariposa de las alas de viento había volado. Puso la mano muy suave sobre su
pecho aún tibio, tomó sus despeinados calzados y los apretó contra su seno
mientras los tristes guayacanes, con su tapete salpicado de bermellón y raíces
borrachas de ruina, lloraron pétalos de colores sobre el cuerpo. Yo estaba allí ¿acaso se te
olvida? Fue cosa del destino. El destino tuvo la culpa, tú no. La velocidad
en esta zona es de setenta y apenas ibas a setenta y cinco. No bebiste ni una
sola gota de licor, no lo has hecho; tampoco manejabas con desorden, soy
testigo de ello. Casualidad que al acercarte, el neumático delantero
izquierdo reventó tirando el carro hacia donde él se encontraba. Trató de
esquivarte pero el golpe fue peor, en vez de pegarle con un costado lo
agarraste de frente: defensa, parabrisas, capota, baúl; finalmente, suelo.
¡Que porrazo! Sin verlo ya me imagino su estado. ¡No! Escucha, no eres
responsable, te juro que fue un accidente, te lo juro. ¿Cómo se te ocurre
hacer esas comparaciones? Este percance no tiene nada en común con el otro.
Aquella vez: una fiesta de fin de semestre, algo de cerveza, un poco de
cansancio acumulado, conducir sin otra persona con la cual conversar, un
segundo de sueño y despertaste con el golpe. Huiste lleno de pánico al ver
manchado su trajecito. Por supuesto que lo hiciste. ¿Dónde estaba la madre?
Apenas eras un estudiante ¿Qué podías hacer? Ir a la cárcel no le devolvería
la vida. Truncar tu carrera ¿Con qué provecho? Sí, sí, quizás tuviste algo de
culpa, tal vez... ¡pero esta vez no! Un reventón, una llanta explotó y te
sorprendió ¿quién puede prevenir algo tan casual? Convéncete, fue un
accidente. El auto se dirigió hacia él y no hubo tiempo para reaccionar. ¡Te
juro que fue un accidente! Sacúdete los vidrios de la camisa. Es más fácil si
te sueltas el cinturón. No, no. Dudo que haya algo útil que hacer. Está bien,
está bien, ya que insistes, vamos a ver. No creo que me guste, pero vamos. No me gusta y no entiendo. No sé por qué hacen tanta alharaca,
total, así es la vida. A cualquiera le puede ocurrir un incidente. Con cosas
más importantes que hacer y pierden el tiempo curioseando. ¡Morbosos! En vez
de ayudar, están allí... mirando. Yo no puedo perder tiempo, no puedo darme
ese lujo. Por los reajustes estoy en la calle y ahora mi trabajo es buscar
empleo. Tengo mujer y tres niños a los cuales no abandonaré, aunque a veces
me entran ganas de huir. Estábamos tan bien y ahora no les doy buena vida.
Los dos mayorcitos iban a la escuela particular, tuve que cambiarlos a la
pública. No les estoy dando la vida que se merecen y por eso la Maida buscó
trabajo en un almacén. Mi orgullo y mi bolsillo, al respecto, tienen
opiniones contrarias. Por más empeño que pongo la suerte no me acompaña, sólo
trabajos eventuales. La única buena suerte fue ganar una oferta, un seguro de
vida por un mes. Claro, esperan que después del plazo lo siga pagando. ¿Con
qué? ¿Con cascarita de huevo? Conmigo no cuenten. La situación puede mejorar.
Acabo de tener una entrevista donde me dieron esperanzas, casi seguridad.
Volveré a trabajar, seré de nuevo el jefe de la casa y ya no tendrá que
trabajar mi mujer. Ahora debo levantarme y ordenar las cosas, no puedo
desperdiciar tiempo. ¡Ah! No me puedo mover. Y siguen allí, mirando. Vayan a
hacer algo útil en vez de estar aquí alimentando su curiosidad. Morbosos, eso
es, morbosos entrometidos que se deleitan en observar los contratiempos
ajenos. Sí, especialmente ese cabezón de rostro sudado que me miraba desde la
ventanilla del bus y ahora está aquí, junto a la loca que robó mis zapatos. Correo electrónico del
autor: ltercero@ibw.com.ni |
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