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         EL OCASO DE LOS PATRIARCAS

Marco A. Cajina

 

Y dale que dale con la insistencia eleccionaria y las manipulaciones en las que el pueblo no tiene parte en la fiesta, solamente en el entierro.  Allí están las negociaciones a tres bandas y el ocaso de los patriarcas.  Ni niego la existencia de todas las corrientes partidarias, ni la pertenencia del pueblo, pero si tengo por  cierto que el destino de un pueblo no puede estar sujeto a una pata de gallina.

 

Esta es la historia de Goyo, un simple hombre del pueblo, obrero fabril, que lucha día a día por un jornal para mantener los  hijos procreados con la Tinita desde que tienen 15 años porque nunca tuvieron ni radio ni televisión para distraer la pasión del hambre. 

 

Hace unas cuantas semanas, allá por el día que negociaron la libertad de un patriarca, no pudo levantarse de la tijera y  postrado mandó a llamar a los muchachos antes que se fueran para la escuela.  Hoy soy prisionero en la tijera –dijo a los muchachos- pero la verdadera prisión son las presiones de no poderles llevar al futuro. Esta jodida sociedad pide cada día más sacrificios con menos paga para que podamos comer.

 

La casa de Goyo, una caja de fósforos en las afueras de Managua hecha de láminas torcidas de zinc corrugado, está tapizada de propaganda con las fotos de los  últimos patriarcas, sus arengas y lemas eleccionarios.  Destaca entre todo un afiche en el que se ve a Daniel vestido de gallo y al pie “Hemos hecho revolución para rescatar el derecho del pueblo, el libre y soberano derecho a no ser explotado, a no ser oprimido…” De frente y en grandes letras rojas volantes ,  Arnoldo con sus “Hechos no Palabras” y cerrando el triángulo una luz que anuncia la Nueva Era de Enrique, la de que hay que “remangarse la camisa”.  Llama la atención que en un rincón, sin la simetría acostumbrada, una foto de la Violetica, como le llamaba el poeta Carlos Martínez Rivas, con una mirada que se pierde en el infinito de sorpresas.  El suelo está lleno de cartones dobles que en la mañana levantan para que no se arruguen, ni se mojen y puedan dormir los muchachos como gitanos, unos encima de otros.

 

Cualquiera tiene derecho a pensar que Goyo, un destacado combatiente en los días de la Revolución y de los BLIs, ha dejado de ser revolucionario.  Pero el hombre no ha perdido su temple, postrado en una tijera con una cobija harapienta que le regaló Chicho cuando trabajaba en la empresa de las carnes de la Carretera Norte.  Desde que lo botaron de la fábrica en los 90s ha andado de puerta en puerta, de negocio en negocio y de partido en partido logrando chambitas con las  que sobrevivir.

 

Hoy es el Día de los Inocentes y por la mañanita, la Tinita se fue para donde la comadre a pedirle prestado unos centavos porque Goyo se ha puesto peor, no ha vuelto a levantarse y con las lavadas en las casas de los ricos a tortilla, sal,  tibio, y lo que recogieron de la Gritería van salteando el diario existir.  A Goyo se le acaba la entropía de la vida, es que nació muerto.

 

Las noticias hablan de que hay que parar las municipales y usar la plata para repartirla entre los sectores sociales más afectados y se echan toda clase de suertes que dicen solo esperar el sí del “Prisionero del Chile” para que el Ministro de Hacienda haga la repartición.

 

Está tarde se murió Goyo de tristeza y hay que tener por lo menos derecho al delirio.  Aunque no podemos adivinar el tiempo que será, sí que tenemos, al menos, el derecho de imaginar el que queremos que sea. En 1948 y en 1976, las Naciones Unidas proclamaron extensas listas de derechos humanos; pero la inmensa mayoría de la humanidad no tiene más que el derecho de ver, oír y callar. ¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos, por un ratito?
Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible:”

 

Entonces deliremos por un ratito clavando los ojos más allá de la infamia, y adivinemos otra Nicaragua posible en el nuevo año.  Deliremos para que Nicaragua sea un país feliz; que los caudillos cesen en sus pretensiones de manejar la felicidad del pueblo; la igualdad de derechos y por encima de todo, el derecho al trabajo.  El pueblo no necesita dioses olímpicos, sino  cambio y participación. 

 

Deliremos para que el reino del mercado no siga acabando con los Goyos y Tinitas que se esparcen a lo largo y lo ancho de la Nicaragua;  que el bien público no se convierta en privado; y triunfe “la reconquista de la democracia contra la tecnocracia: hay que acabar con la tiranía de los "expertos" al estilo del Banco Mundial o del FMI, que imponen sin discusión los veredictos del nuevo Leviatán, "los mercados financieros", y que no pretenden negociar sino "explicar". Hay que romper con esa nueva fe en la inexorabilidad histórica que profesan los teóricos del liberalismo”.

 

Deliremos por la indignación ética ante la decadencia de los caudillos; no empeñar  con quejidos la responsabilidad por el sufrimiento de la mayoría; la convicción de que la solidaridad y la decencia son el capital humano de los nicaragüenses, adentro y afuera; y con la certeza de que la educación es necesaria para poder delirar y tener éxito.

 

La crisis de hoy es una oportunidad histórica para rechazar la barbarie, comprometidos con posiciones y acciones contra las reacciones a la solución de los problemas. Deliremos entonces sin caer en el populismo del pasado reciente.  ¡Cuán necesaria es  una nueva forma de trabajo político colectivo para solucionar principalmente las necesidades económicas de los nicaragüenses!

 

En fin, como el nivel de vida no lo determina el consumo, los caudillos deberían de entender de una vez que a los pobres no les encanta vivir de promesas ni que el canalla se convierta en hidalgo.  Sin la guerra a la pobreza y sin que la libertad y la justicia corran paralelas, los patriarcas se acercan a su ocaso a partir del 2004. 

 

Antes que cayera la noche, en un ataúd de ripios de madera enterraron a Goyo, y al ladrido de los perros con los llantos de la Tinita y sus hijos, le cantaron los del barrio: “No se me raje mi compa...”

 

 

 

Biografía de Marco A. Cajina

Nació en Managua, Nicaragua, el 9 de noviembre de 1954. Estudió la primaria y secundaria en el Colegio Calasanz de Managua.  Graduado de Ingeniería Electromecánica en la UCA en 1977, obtuvo en 1995 una Maestría en Administración de Empresas (MBA), con concentración en Gerencia, en la Florida International University de Miami, Florida, a la vez que obtuvo su licencia de ingeniero mecánico  en el Estado de la Florida, de los Estados Unidos.

Durante sus años profesionales en Nicaragua se desempeño como Gerente de Fábrica para Van Leer Envases de C.A.S.A. y Director Comercial para Aerolíneas Nicaragüenses, S. A. (AERONICA).  Tuvo la experiencia de enseñar en la UCA en las escuelas de Ingeniería Industrial, Electromecánica, y Ciencias de la Computación desde 1977 hasta 1983.  Desde 1985 hasta hoy ha trabajado en el sector público del Condado de Miami-Dade dirigiendo el mantenimiento de las plantas de desperdicios sólidos, como oficial administrativo de proyectos especiales en servicios de policía, y sirviendo de facilitador de equipos de mejora de procesos.  Ha servido como consultor de operaciones para pequeñas empresas y  participado en trabajo comunitario como asesor de organizaciones de servicio comunitario, comprometidas con la lucha por el estatus migratorio de los nicaragüenses y de servicios generales a la comunidad.

Publica y disemina sus artículos, orientados principalmente a la necesidad por el cambio y el establecimiento de una democracia real en Nicaragua, que redunde en verdaderos beneficios para los nicaragüenses y que rescate los derechos de las mayorías, sobre todo el derecho al trabajo.  Sostiene que es imperativo terminar con la manipulación del destino de Nicaragua en manos de caudillos obsoletos y con un discurso de doble moral. Las nuevas generaciones deben recuperar el destino de la nación y traer ética a la administración pública.

 

 

 

 

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