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Nacida en Managua,
Nicaragua un 25 de junio de 1969. La tercera de cuatro hijos. A la edad de 18
años me fui a estudiar a Polonia donde me casé con un mexicano y desde 1991
radico en México. Escribía versos en rima y un amigo me invitó a participar en
un Foro en Internet donde empecé a desarrollar el verso libre y la prosa.
Recientemente, se editó un libro de este Foro en el cual uno de mis relatos fue
publicado.
Ganadora en la
Convocatoria para la Edición Colectiva de Poesía auspiciada por la Asociación
para el Desarrollo Cultural CAMINO, cuya obra será publicada el 13 de diciembre
de 2002.
YA NO LLORES
"Si no tienes lágrimas y llantos
recuerda la tierra encanecida
que busca a sus hijos en el magma."
Henry A. Petrie.
El dolor se ha
vestido
de húmedos vacíos,
resbalando por el rostro
de quien abraza silencios
en labios del recuerdo.
Impotencia vestida
de ira
al habérsete negado
pintar al óleo en tu iris
la mirada de un adiós
a la flor de tu vientre.
El magma fue el
gusano
que se comió mi carne.
El Santiago la urna
que vomita al cielo
el ardor de mis ideales.
Llora tus dolores
volcán de lágrimas;
que la lava de tus ojos
are nuevos surcos
y siembra en ellos
nuevos amaneceres.
Al cosechar soles
en tu nocturna mirada,
enfría para siempre
la lava de mi recuerdo;
cuando lo logres,
ya no llores más.
Acuda a mi tumba;
estaré allí presente
en el ardiente humo,
tan activo y vivo
como tu memoria.
NOCHE DE LUNAS
(A Daniel Montoly)
Uno, nueve, seis, nueve, ¡piloto!
¡Vuela hacia Santo Domingo!
Siete soles iluminarán tu piel
pintada de noche y petróleo.
Las oscuras sendas de la vigilia
te guiaron a la luz de la ciencia,
pero el Goliat del infortunio
dio paso a la furia de David,
derribando gigantes de sueños
con la inclemente honda de pobreza.
Dos, Dos, ¡hacia abril, ¡piloto!
Cubriste la desnudez de muchos
con el carbón de tus ávidas manos
y la experiencia te llevó a ser manto
para mi friolento espíritu agotado.
¿Qué sería de mí sin el cobijo de tu rostro?
Nocturna faz de miradas de luna.
No me niegues la caricia de tus versos.
El desierto ardiente de mi cuerpo espera
saciar su sed con el sudor de tus poros,
destilando estrellas en mis madrugadas.
Dos, cero, cero, uno, ¡piloto!
Llévame hasta el fin de tu tiniebla
y aterriza en la oquedad de mi vientre
mientras en la oscuridad de tu cuerpo
doy a luz el grito de un eclipse.
LA DE LAS
Su piel clara, curtida por el sol, no
dejaba ver la edad que en realidad tenía. Sólo sus largas trenzas encanecidas,
marcaban el pasar de los caminos recorridos. Su horno de barro y su caldera
eran su gran empresa; sus callosas manos y su incomparable sazón, los únicos
obreros que ella explotaba. De siete hijos llenó su aljaba, no fue la mejor,
pero tampoco la peor de las madres. Nunca pidió nada, rara vez alguien le dio.
Su casa era oscura como la madrugada, tan silenciosa como los secretos de su
alma. "Doña María" así la llamaban, y sus rosquillas y nacatamales,
los mejores que en toda Rivas se alcanzaban a probar. Tuvo tres amantes y de
los tres no se hizo uno, lo único bueno que le dieron, fueron los vástagos que
de ellos procreó. Luchó sola y salió victoriosa; ignorante e inculta, pero muy
mujer. Cada uno de sus retoños sembró su propio jardín y se quedó sola en
aquella vieja casa de madera, con su viejo horno y su caldera; con sus
madrugadas llenas de arduo trabajo, para ganarse el pan mientras viviera.
"¡Las rosquillas!", gritaba, "las de la nacatamalera". Las
mejores rosquillas que probé en mi vida y, ¡qué poco pude disfrutar de ellas!
Un día la pobre casita de madera, no abrió más sus puertas. Olía a rosquillas y
rebosaba de nacatamales la caldera. Nunca molestó a nadie, dejó todo listo,
incluso, para su vela. Se encontró su cuerpo dormido, cansado, oliendo a
trabajo y a rosquillas frescas. Esa india descalza, la de las largas trenzas,
la de piel curtida, horno y caldera...
Esa grandiosa mujer... era mi abuela.
EN HONOR DE ESAS
MADRES
Lo estrechaba entre sus brazos como no queriendo soltarlo nunca. Arrullaba
ese cuerpo con una delicadeza extrema. Contemplaba su hermoso rostro, aquel
rostro de hermosos ojos negros que en ese momento dormían. Su cabello
enmarañado, negro como el azabache, lo acariciaba con la seda imaginada de unas
manos llenas de trabajo. Recorría cada milímetro de aquel hermoso ser como para
memorizarlo e inmortalizarlo en su mente. Él yacía entre los brazos de su
madre, entre esos brazos que quizás, -pensó-, siempre le brindarían seguridad.
Estaba callado, no decía nada. Su silencio lo decía todo. Ella lloraba, pero
lloraba para sí misma. Gruesas lágrimas perladas brotaban de sus ojos. Tenía
entre sus brazos aquel bello tesoro, carne de su carne y hueso de sus huesos.
Todos expectantes esperábamos el momento de poder abrazarlo también. Todos los
allí presentes amábamos a esa criatura.
Finalmente acostó su cuerpo. Ella tuvo la dicha de recibirlo entero, perfecto,
con sus manos y sus pies con cinco dedos cada uno. Tomó sus manos entre las
suyas, las besó y miró su frente, se acercó a ella y depositó un beso: esos
besos, que sólo una madre que verdaderamente ama puede dar. Mientras le besaba,
susurró un te amo, tal vez con la esperanza de que a través de aquel orificio
de bala sus palabras pudieran llegar hasta el lugar donde reposaba su alma y le
hiciera saber que, desde que nació hasta el momento de su muerte, lo amó con
todas sus fuerzas.
Nadie más pudo abrazarlo, su féretro se cerró para siempre.
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Última
actualización: 23/09/2002