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Nació en el barrio
Monseñor Lezcano de Managua, el 6 de septiembre de
1973. Inició sus estudios primarios en la escuela Fernando Gordillo, en el
barrio Altagracia, culminándolos en el colegio Nicaragüense
Francés, de Managua.
En el 1986 se traslada a
Cuba a estudiar su secundaria básica. En ese país ingresa en una escuela
militar y es adonde, según el autor, nació en él el gusto por escribir:
"de modo que en mitad de las clases o de las guardias nocturnas redactaba
cartas interminables que me hacían más llevadera la monotonía de los
días".
A mediados de 1989
regresó a Nicaragua, concluyendo su bachillerato en el colegio Rigoberto López
Pérez. En 1992 inicia estudios de Administración de Empresas, en la UCA,
cursando toda la carrera pero sin graduarse. Hoy reside en el
exterior.
3.1) AMOR
A mi amor de siempre
“Después de tantos años
de haberme convertido
en una lágrima eterna
que vaga por el mundo,
sonrío al fin.
He visto que a escondidas
corta flores
y las pone sobre mi tumba
en el cementerio de su memoria”
A mi segundo amor
“Querido segundo amor,
siguiendo el rastro de tu olvido
naufragué en el manantial de los recuerdos.
Eras mujer, mi cosa bella,
portento de ilusión
y dignidad,
pero el hastío de la rutina
me llevó a un mundo de soledad.
Querido segundo amor,
Mi cosa bella,
mi alma, mi par”
A mi otro amor
“Eres el amor
que insisto en recordar.
Me acompañas entre sábanas de pasión y multitud,
porque nadie ha logrado desentrañar otra vez
el placer de soñar
mientras se ama
y se es fiel”
Palabras, se buscan
"Dejé por ti un rastro de poemas tiernos
escritos con la mano izquierda
del corazón quejumbroso
que hasta el día de hoy
no ha parado de llorar,
pensando cómo es que hará
para inventar palabras nuevas
que penetren al fin
por las rendijas de tu desdén
y tus ansias de soledad"
Agenda
"Hoy me olvidaré
de los recuerdos.
Colgaré mi memoria
en perchero de sal.
Divisaré al fin
el arco iris blanco y negro,
y luciré mi sonrisa
como traje casual"
Desatinos
“Muerte después de la vida: la certeza material
que acompaña a las personas que no tienen cabida
en un mundo ocurrente
obsesionado en pregonar el paraíso celestial
que existe más allá de la vida y de la muerte”
TODAS LAS
PARADAS SE PARECEN
Acabo de salir de mi casa y voy para el
mercado. Debo agarrar un bus.
En una mano llevo el saco de las compras y
las monedas del pasaje, en la otra llevo la manito de mi sobrina, la mayorcita. Que me acompañe, que vaya aprendiendo a hacer
mandados. Le puse un pantaloncito azul y una blusita roja. Yo llevo un bluyin negro y una camiseta
blanca. Me siento extraña sin mi pulserita y mis chapas, pero me las tuve que
quitar, no vaya a ser los ladrones. Los reales los llevo en mi pecho, van bien
guardados. Prensados en el brasier.
Al otro lado de la
calle está la parada, siempre me ha dado miedo esta pasada; por eso aprieto
duro a mi sobrina, por miedo, y para que no se me vaya a soltar. Estoy
esperando a que pase esa moto… ya pasó. Empiezo a
correr hacia el otro lado con la niña casi a
rastras. Ahí está el bus pero no creo que me pueda montar, menos con la niña.
Siempre arman relajos a esta hora. Voy a esperar el otro.
Mi sobrina queda
viendo a unos chavalos vagos, le digo que están
oliendo pega, y que mejor los deje de ver, se pueden poner bravos. Para
distraerla me acerqué con ella a una mesa llena de frutas. Aquí no me puedo
sacar los reales, mejor me aguanto hasta el mercado. Esos mangos verdes, de
comérselos con sal ...
Oigo un ruido de
sirenas y veo pasar una moto policía. Va a todo mil. Detrás de la moto va una fila
de carros. Es el presidente. Vida para que fuera eterna. Los chavalos vagos le gritan vulgaridades. Le hicieron la
guatusa gringa. La gente se pone a reír. Yo me río. La niña también se ríe.
Ahí viene el otro bus, pitando a lo loco. Deberían multar a estos bárbaros, con semejante bulla que
seguro no hacen en su cuadra. El bus casi se pasa llevando a una señora y el
cobrador más bien la regañó. Otra vez se armó el relajo, nadie hace fila, ni
nosotras. Vamos a ver cómo me meto.
Se acercaron los chavalos
para carteriar. Mejor no me monto ahorita.
Me eché un poco hacia atrás del bus y por dicha abrieron la puerta trasera. El
cobrador está llamando a la gente, que subamos también por ahí.
Pude subir a la
niña, luego subí yo, pero me quedé cerca de la puerta esperando por mi vuelto.
Con estos alborotos a veces se me olvida reclamarlo. El cobrador me regaña, me
dice que dé pasada. Me dio el vuelto, pero de mala gana. Un chelín es un
chelín, pensé.
Cuando busqué a mi sobrina la vi
sentada. Estaba alegre porque agarró lugar. Le dí el
costalito para que no me estorbara, así me puedo sostener de los tubos de
arriba y del espaldar de su asiento.
El cobrador le
pega un golpe a la lata del bus. Hasta asustó a la niña. También sopló el pito
que le cuelga del cuello. Ha de ser nuevo, porque todos los cobradores
saben chiflar. El bus arrancó, y eso que la gente va guindada. Se van a salir
matando. Mi sobrina va viendo la calle, y yo leo lo que puedo de los rótulos.
Veo el tráfico, los negocios… Ese era el carro de don Armando, parquiado en una ferretería!!! No
lo vi a él, pero hoy
en la noche lo friego. Que andaba con una mujer joven, comprándole pintura. A
ver qué me dice.
El bus se va
deteniendo, va a montar más gente y no veo dónde la van a meter. Se detuvo.
Otro alboroto. Todas las paradas se parecen. El cobrador mete gente por atrás,
el chofer mete gente por delante. Que avancemos para el centro, dice el uno.
Que avancemos para en medio, dice el otro. Yo no me pienso mover. Aquí voy
bien, junto a la niña. En la próxima nos bajamos.
En el alboroto veo
metido al cieguito de la armónica, el mal hablado. No dejan que se monte y
empieza a decir vulgaridades. Yo creo que por eso la gente no le da.
El bus empezó a correr y aquí adentro es una apretazón. Afuera veo un lugar nuevo, como para bailar. Tal
vez me vengo asomar.
Un hombre se me puso atrás y disimula para
restregárseme. Yo también voy a disimular que algo me estorba. Le di un codazo.
Perdón, le digo. Yo haciéndome. El no me dice nada. Está arrecho.
Le agarré que va de moclín.
Ya viene la
parada. Le pido el saquito a la niña, me lo da. Se levanta, pero una señora
casi se le sienta encima. De haber tenido cola te la machuca, le dije calladita
a la niña. Ella se puso a reír.
El bus se detuvo
por completo. Empezamos a bajar. Cuando lo hacemos el cobrador me toma del
brazo y de la cadera, solo para tocarme. Yo como pude di un guiñón,
sin mirarle la cara. El dijo algo que no entendí. No le hice caso. ¡Qué
desgracia la de una!
En una mano llevo
la manito de la niña y las monedas del pasaje, en la otra el saco con las
compras. Acabo de salir del mercado y voy para mi casa. Debo agarrar un bus.
enero 9,
2002
Canadá
E-mail: jersonbejarano@hotmail.com
Última
actualización: 08/03/2002