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José León Arguello


 

1) Contenido

 

2) Biografía

 

Nación en Managua, el 9 de septiembre de 1958. Gerente de producción. Radica desde 1980 en California, Estados Unidos.

Escribe poesías y cuentos infantiles. Las que se enuncia continuación constituyen sus obras inéditas: Esbozos alterados (1974-1989); Cuentos de San Marcos (1983-1996); La extraña noche (1984-1996); Poemas infantiles (2000-2001).

CAMINO le publicó en su edición colectiva “Grito de Nuevas Voces” el relato “La negra virginia y la mica”. En esta sección de autores, CAMINO presenta también otros relatos de su colección Cuentos de San Marcos.

 

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3) Su Poesía

 

Una muestra de la Colección “Cosas de cipotes: una serie de poemas infantiles

 

EL COME MOCO

 

Come

que comes moco.

 Moco

que comió el mocoso.

 Mocoso

que comes moco,

decime Vos:
 ¿A qué te saben tus mocos?

 

 

MI VECINO

 

Mi vecino

don Juan Canducho,

tiene el pescuezo como un cartucho,

el cuerpo en forma de pera,

las manos de enredaderas,

la cabeza en forma de sandía,

las patas de alcarabán,

las orejas de caracol,

el pelo de resorte,

los ojos en forma de tortuga,

la boca le parece a un pescado,

y la nariz le termina,

en la forma de un gancho…

…Por lo demás,

se parece a cualquiera.

 

 

¿A QUIÉN...?

 

El cipote la golpeó,

tremendo guasmazo le pegó,

la piñata jodida se desguapó

y de su interior, nada salió...

¿Quién fue el baboso

que se le olvidó

llenar la piñata de caramelos?

 

 

EL CARAMELO

 

El chavalo, malcriado

ya no lo quiso

y lo tiró al piso.

Pasó un perro y lo husmeó,

una vieja enchancletada lo pateó

y cayó cerca de un lodazal.

 

Desde lejos el cipote lo chotió,

con mucho disimulo lo recogió,

lo escupió y la mano le pasó

para limpiarlo,

y con alegría dijo,

¡No le doy gusto al diablo!

Y a la boca se lo metió.

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4) Su Prosa

4.1) Relatos

 

MOCLÍN

 

I.          Escarmiento no le hizo falta       

 

No se le conocían amigos por ningún lado, siempre andaban él y su sombra merodeando los cafetales. Más que feo, era incomodo de mirar. Flaco, pálido, como si alguna enfermedad lo agobiara. Su forma de caminar y el balanceo de sus extensos brazos que parecían tocar el suelo, simulaba el andar de un primate.

 

Pero no era por su fealdad exterior que la gente desconfiaba. Había en su comportamiento algo que causaba enojo y hasta repulsión. Desde temprana edad, rondando la niñez, empezó a mostrar una conducta anormal. Al principio su padre lo castigaba con rudeza, pero de nada servían los golpes y las amenazas; cuando menos lo esperaba, volvía a sus andadas.

 

Y fue así, cuando cumplía los quince años, el mal que le aquejaba, si es que existía enfermedad en tal proceder, rompió los muros del secreto y salió a la calle escandalizando a todos. Espiaba a las mujeres en los caminos solitarios y se les desnudaba. Otras veces se disfrazaba vistiendo ropas íntimas de mujer. Además, hacía uso de otras desviaciones inconcebibles para la mentalidad del pequeño pueblo, y así se ganó, por aprobación de la inmensa mayoría, el apelativo de Moclín.

 

Un día, inesperado para él, llegó la denuncia ante el Sargento del pueblo, sobre el infame comportamiento del jovenzuelo. Su padre, con tristeza aceptó que lo recluyeran en una celda por dos semanas, creyendo que con el nuevo escarmiento, el cipote, le serviría como lección y cambiaría.

 

Al salir de la cárcel, Moclín volvió a sus andadas…

 

 

II.         Diez años más tarde…

 

La Chica Fernández es mujer que armoniza con el trabajo y el deber de cuidar a seis hijos, sin un marido que le eche el hombro. Nunca se casó, ni le hacía cosquilla la idea. Siempre dijo que los hombres eran buenos para dos cosas: beber guaro a lo pendejo y preñarla. Y según ella, no estaba para mantener borrachos ni parir más hijos.

 

Una mañana de diciembre, la Julieta, de once anos e hija de la Chica Fernández, llegó a su casa corriendo y asustada, como si el mismo diablo la viniera siguiendo.

 

Ideay niña. ¿Qué te pasa?  –le preguntó la Chica, su mamá.

 

La niña todavía asustada se asomó por la ventana, mostrando en sus ojos negros de noche el miedo.

 

¡Hablá niña!  ¡Hablá mi amor!  –insistía la Chica.

 

Afuera de la casa se hacía un tumulto de gente. La Chica Fernández se asomó a la calle sin comprender la algarabía. Una veintena de vecinos armados con palos y machetes traían de empujones y golpes al Moclín. En sus ojos de madre, el brillo del horror se le prendió como un tizón encendido, los malos pensamientos se le hacían un nudo en la boca del estomago. Se acercó al cuerpecito tembloroso de su hija, lo estrechó con fuerza y medio tartamudeando empezó a decir:

 

A ver mi amor, cuénteme, ¿qué paso?  –preguntó con ojos suplicante, y  miedo a escuchar lo peor de los labios infantiles.

 

A como pudo, la Juliecita empezó a contar lo sucedido.

 

Vea usted mita, iba yo, con la María, la hija de doña Juliana, sobre los rieles rumbo al mercado a dejar los encargos de doña Nila, en eso, de entre los matorrales, así de sorpresa se nos echó al camino el Moclín, sin un trapo encima y tocándose allí –ella señalaba sus partes sexuales–. Que nos iba a dar reales si lo seguíamos al monte y no le decíamos a nadie. ¡Ej...!  le dijo la Maria–.  ¿Vos que crees? ¿Que somos guanacas?  Y seguido le hizo la guatuza y dale a correr.

 

Y vos ¿qué hiciste niña?  –le preguntó la Chica angustiada.

 

¡Ay mami!  Me dentro un miedo, pero no se de dónde agarré esa fuerza, y con la pana del tiste, le pegué en la jupa y me eché a correr hasta llegar a la casa.

 

La Chica Fernández, abrazo a su hija con todas sus fuerza y miedo, y con su delantal le limpiaba las lágrimas, mientras trataba de consolarla.

 

 No llore más mi amor, no llore, que para eso tiene a su mama, para que la defienda. Ya lo va a ver –y haciendo las dos cruces la Chica le juraba mientras le decía:

 

Este Moclin, no va a volver a asustar a nadie. Se lo juro mi amor! Creamelo!

 

Desde la calle la gente le gritaba:

  ¡Chica! ¡Chica! Aquí tenemos al Moclín. ¡Vení! ¡Corré! ¡Corré! 

 

En lo que la Chica abría la puerta de su casa, la mamá de la Maria, doña Juliana, llegó con una raja de leña y  juaz! le dejó ir un guazmazo en el lomo al Moclin, y seguido, ¡piplof, piplof!,  los vecinos que le dan de las suyas.

 

Aquel fulano chillaba a grito partido, como mica alazada, mientras dos de los vecinos lo agarraban de los brazos, imposibilitando sus movimientos.

 

Cuando los curiosos vieron a la Chica fuera de la casa, se hizo un silencio como de velorio, todos esperaban la retahíla de golpes, insultos y desahogo. Pero no, se equivocaron, con una calma nunca vista y sin enojo, la Chica les pidió que se lo llevaran al Sargento. El desapruebo fue colectivo, todos le pedían que lo colgaran, que lo descuartizaran o que a golpes y leñazos lo mataran para evitar en un futuro cercano una tragedia peor.

 

En medio del alboroto llegó el Sargento con su acostumbrada autoridad militar haciéndose paso entre la gente, y como era de esperar para todos y no para el Sargento, se armo el despelote, nadie lo querían dejar pasar. En el ambiente los ánimos ardían. Con y sin Sargento, lo querían linchar. Y, ¡bangan!, delante del Sargento le caen encima otra vez al Moclín. La cosa se le ponía peluda al Sargento. Y cuando nadie se lo esperaba, la voz de la Chica se hizo escuchar, les pidió calma, que no se sofocaran y que le entraran al Moclín al Sargento, para que la justicia se hiciera cargo del culpable.

 

Con disgusto lo soltaron, no sin antes darle de pescozones, salivazos, pellizcos y hasta patadas en el culo. Nadie entendía la razón o el motivo que llevó a la Chica a tomar tal decisión, pero a fuerza de conocer su carácter arrecho, desistieron.

 

Ya estando dentro de la casa, la Chica sentó en sus piernas a su hija y le dijo:

Recuerde lo que le dije –y le dio un besito en los cachetitos, con la ternura más bonita que se había visto.

 

III.        Dan, Darán, dicen las campanas

 

Casi un año estuvo preso el mentado Moclín. Durante esos meses se le vio por las tardes limpiando el parque, desmejorado, se rumoraba y con seguridad, que en la cárcel eran constante las vergueadas que le daban entre los presos y los guardias. Cuando llegó la hora de darle su libertad, buscó refugio en su casa y ni por joder asomaba la nariz. Así paso una semana, un mes, de pronto se volvió como un fantasma; con costo rondaba el mercado para hacer los mandados.

 

Una mañana de diciembre, para ser más exactos, un año después de la desventura del Moclín, el pueblo despertó en medio del alboroto, la gente se había amontonado a la salida del pueblo en dirección a los rieles.

 

¡Mita! ¿Qué habrá pasado?  preguntó Juliecita a doña Chica–. Mita, mire! Allá afuera parece que todo el pueblo está de curioso.

 

¡Quien sabe niña!  Metete para adentro y ponele la aldaba a la puerta.

 

Doña Chica siguió barriendo el patio como si nada pasara. Al ratito golpearon la puerta de su casa, la niña abrió y se encontró de golpe con el Sargento y una pelota de vecinos y curiosos.

 

¿Está tu mama Juliecita? –preguntó el Sargento.

 

Sí, Sargento. –dijo la niña–. ¿Para qué la quiere?

 

Decile que soy yo, que quiero hablar con ella.

 

Ya se la llamo.

 

La Chica salió secándose las manos con el delantal.

 

¡Sí, Sargento! ¿En qué puedo servirle?

 

Chica, ¿ya te distes cuenta?   –dijo el Sargento, pelando los ojos asustados, como chivo ahorcado.

 

¿Cuenta de qué? Que no ve que estoy ocupada y no he podido salir –le contestó la Chica.

 

Al Moclín lo arrastró el tren y lo mató.

 

¡Bendito sea!  Yyy...  ¿Yo qué tengo que ver pues?   –dijo la Chica.

 

No sé.  ¿No tenés algo qué contarme Chica?

 

Afuera a los curiosos no les gustó el tono de la conversación y tomaron una actitud en defensa de la Chica. Comenzaron los insultos contra el Sargento, amenazas y se arremolinaban en actitud peligrosa.

 

Siempre en el pueblo se dijo que el  Sargento era un hombre duro, acostumbrado a todo, pero nunca se había topado con todo un pueblo levantado y en busca de motivos para partirle la vida. Intimidado comenzó a sudar intensamente y en su propio nerviosismo echó mano a su pistola mientras decía:

¡Eh! ... ¡No jodan! Respeten la autoridad. El que me venga con mates valurdes, aquí nomasito me lo palmo.

 

Y desde muy atrás del  molote, una voz  le grito.

 

Sargento, ¿cuántas balas tiene su zanate? 

 

¡Jua, Jua! –se echaron todos a reír.

 

¡Puta! ¿Usted cree, que va a salir con el pellejo libre?

 

El gentío lo seguían intimidando, haciendo sonar los machetes y  palos, caldeando los ánimos. El Sargento estaba asustado, el guereren, guereren, de la gente, seguía aumentando. Ya no sólo sudaba, las patas le temblaban, tenía ganas de salir corriendo al excusado, y el corazón parecía que se le iba a salir.

 

¡Sí, jodido! Aquí nomás lo dejamos tilinte como al Moclín. 

 

Todos se reían menos el pobre Sargento. Pero la Chica lo sacó del aprieto. Sin mostrar emociones en su rostro de madre, habló con el Sargento:

Mire Sargento, a mí, no me venga con esos sus cuentos e insinuaciones. ¿Me oye?

 

Yo no te he acusado de nada Chica –la interrumpió el Sargento.

 

¡Aaah... jodido!  ¿Ahora se me echa para atrás? No se haga el olvidadizo, recuerde que cuando los vecinos querían linchar a su Moclín…  Usted lo sabe bien, usted estaba presente, una palabra mía y lo hubieran matado a leñazo enfrente de usted, irrespetando su autoridad. Pero, No. No fue así. Yo les pedí que la justicia se hiciera cargo,  y  ya ve pues, dan darán dicen las campanas, justicia se ha hecho.

 

¡Sí...!  –grito la pelota de gente.

 

Lo que vos digás Chica, lo que pasa es que se me hace raro, que el tren lo agarró, desnudo y dormido en los rieles. Ni que fuera tan pendejo el maje. A mí se me hace... 

 

¿Qué se le hace Sargento? –no lo dejó terminar la Chica–. Ya déjese de cuentos y babosadas, si tiene algo cierto que decir. ¡Dígalo jodido!

 

La Chica se veía alterada, de los orificios de la nariz, le salía un ruidecito que hacia, ¡uf, uf, uf! al respirar, y restregaba amenazante en el delantal.

 

Mejor que quede así –dijo el Sargento, asustado por las caras del gentío, y dio la vuelta derrotado.

 

Apenas emprendió su marcha hacia el cuartel, la gente empezó con aplausos para la vencedora. La mamá de la Marillita la abrazó, nadie dudaba de la participación de la Chica, pero no se atrevían a decirlo. En los ojos de los curiosos se mostraba el morbo, queriendo alimentarse con los detalles más mínimos de lo acontecido, pero la Chica Fernández, los dejó enchilados. Cerró la puerta de su casa ocultando para siempre la realidad de los hechos, creando un misterio del que todavía se habla.

 

Dentro de su casa, la Juliecita se le acercó. La Chica la abrazó con fuerza y mientras jugaba con la cabellera larga de su niña, le susurró al oído:

Se acuerda que hace mucho, le dije yo que para eso estaba su mamá, para protegerla, ¿ah?

 

Si, mita, yo me acuerdo –le dijo con tono suave la niña.

 

Pues no se preocupe mi amor, que ese condenado no va a volver a molestarla –y la abrazó con fuerza.

 

La Chica Fernández, es una mujer arrecha, que no le debe a nadie, ni le ve la cara a ningún pendejo, y si tienen dudas, pregunten en el pueblo, lo que le pasó al tal Moclín.

 

*****

 

NAVIDAD

 

A mis 8 años, cada 24 de diciembre era el día más deseado, la expectativa ansiada por hacerse realidad. Todo un año de espera, buen comportamiento y amenazas de parte de mi madre.

 

Con mis escasos conocimientos de la ortografía, me adentraba en la imaginación premeditada creando un testamento de peticiones que coqueteaban algunas veces con un carrito de hojalata, un soldadito de plástico, o me disparaba airoso en busca del disfraz de vaquero de mi héroe predilecto con sus dos pistolas plateadas y estrella de sheriff, que pendía autoritaria en su pecho de invencible, y de ipegue, alguna otra cosita, que el Niño Dios, por mi buen comportamiento, me traería como premio. Inocencia que anidaba en mis ojos de niño.

 

Para mí, en el cielo, hogar del Niño Dios, había una montaña de juguetes acumulados en espera de la navidad y de mi ansiosa cartita, que algún Ángel, por mandato del Niño Dios, tenía que leer  y cumplir sin chistar. Arrogancia infantil en medio de la inocencia.

 

A pocas semanas de la navidad, me encontraba jugando en el traspatio de la casa, correteando con mis amigos del vecindario, cuando decidí compartir la espera con uno de ellos. Entusiasmado y con la certeza de lo inculcado por costumbres, le pregunté qué le había pedido al Niño Dios. Hubo unos cuantos segundos de silencio.

 

Y vos, ¿de qué estas hablando niño? –me dijo, mientras pateaba el suelo y agachaba la cabeza con desatino.

 

Le solté el paquete a como me lo habían mostrado. Le hablé del Niño Dios, de los niños bien portados, como yo, y de los regalos con que seríamos premiados.

 

¡Ej...! Yo no sé de eso, mi Abuela nunca me ha dicho nada de ese tu Santo Niño –mi amigo se quedo ido, perdido en su pensamiento–. La verdad es que nunca me han dado juguete alguno.

 

¿Y por qué no le hacemos una cartita con tu nombre al Niño Dios? –le pregunté entusiasmado.

 

Sí, de verdad, tenés razón –en eso, sus ojos se perdieron en la confusión.

 

¿Qué te pasa? –le pregunté.

 

Es que... –y se metía en el silencio atónito otra vez.

 

Ideay pues!  No es que somos amigos?

 

Sí –me dijo. Pero me da vergüenza. Jurame que no te vas a reír de mí?

 

Lo juro.

 

No le digás a nadie o te vas al infierno.

 

No sé leer –mientras cerraba los ojos avergonzado–. Dice mi Abuela, que la escuela es pérdida de tiempo, que nacimos pobres y entre más rápido nos demos cuenta, más fácil se nos hace la vida.

 

Al terminar tenía sus ojos negros, lagrimosos, bajo una oscurana de tristeza y lodo.

 

No te preocupés, yo te voy a ayudar.

 

Después de jugar, estando ya en mi cuarto, emprendimos la tarea de redactar la esperanza infantil en un mundo de adultos. No quiso pedir mucho, era la primera vez y no quería que el Niño Dios pensara que era muy lagarto. Además, no se acordaba bien si se había portado bien, porque su Abuela, le pegaba mucho y le decía que era un vago, un haragán y muchas cosas feas que le daban ganas de llorar. El contenido de la carta era, un par de líneas, muchos borrones, varios errores ortográficos y una imaginación que aleteaba por primera vez sus esperanzas de recibir un poco de lo anhelado.

 

Al caer la tarde, escalamos el muro que da a la pared del excusado de la casa de su Abuela, y al llegar al techo, pusimos la carta, sostenida con un trozo de teja de barro que llevaba en la bolsa de mi pantalón. Nos quedamos viendo, maravillados por el momento de la ilusión, y sin esperar motivo, nos pusimos a reír.

 

Por la noche al rezar, señalaba con tristeza al excusado, reclamando al Niño Dios, que hacía más de una Semana, mi carta se la había llevado, pero la del amigo, aun pendía del tejado.

 

La carta cambio a un color amarillento, empezaba a deteriorarse y a pedazos, el viento se la estaba llevando. El día anterior a la noche buena, llovió, llovió con la fuerza de un vendaval, y fue así, entre relámpagos y truenos, la lluvia arrastró lo que había quedado de la carta. Muy dentro de mí, creí, que el Niño Dios, de esa forma se había hecho cargo de la cartita de mi amigo.

 

El día tan esperado llegó, amaneció húmedo, el frió rondaba calladamente el pueblo de San Marcos, era otro año, igual a los de siempre, donde se cumplen al pie de la letra mis peticiones al Niño Dios. A ojos cerrados, podía encontrar al borde de la cama los soñados juguetes.

 

Casi al medio día escuché la voz de mi amigo, que venía desde la calle. Salí corriendo juguetes en mano lanzando la pregunta con ansias retrasada.

 

¿Qué paso? ¿Te trajo los juguetes el Niño Dios? 

 

No dijo nada, atornilló sus ojos en mi corazón y de un golpe me estremeció.

 

¿Ves esto?

 

Y seguido mostró su espalda llena de moretones.

 

Yyyy...! ¿Qué te pasó? –logré balbucear.

 

Esto!me dijo con lágrimas en los ojos–. Esto es, lo que tu Niño Dios me dejó, y por tu culpa.

 

Pero... ¿qué estás diciendo?

 

Tiene razón mi Abuela, sólo a mí, se me ocurre creer en esas tus chochadas.

 

¿Cuáles chochadas?

 

¿Ah, si? Explicame, por qué cuando me desperté y al buscar abajo de mi tijera, los regalos, que según Vos, tu Niño Dios, me iba a dejar, no encontré más que mis chancletas viejas. ¿ Ah? Y cuando fui para donde mi Abuela, a preguntarle qué es lo que había pasado con mis juguetes, sus ojos casi se le prendían en fuego de la arrechura, y me dio un manotazo en la cara, que casi me arranca la cabeza del pescuezo.

 

Lloraba con rabia, mientras un surco lodoso se le formaba en sus mejillas.

 

Pero no creas, que con eso se conformó. Mi Abuela es especialista y eso fue sólo el principio. El resto, ¡mirá, mirá!

 

Y me mostraba otra vez su espalda lastimada.

 

Las preguntas hacían un nudo que se entrelazaban por todos lados, impidiéndome encontrar el principio o el final de todo esto. Y así, emprendí el regreso a mi casa, con la tristeza de mi amigo, clavada en mis ojos.

 

A medio camino tropecé con un niño algo mayor que yo, y del mismo barrio.

 

Ess. Y a vos, ¿qué jodido te pasa? Fijate por donde vas, chavalo baboso.

 

No sé por qué, ni sé con certeza para qué hice la siguiente pregunta.

 

¿Crees en el Niño Dios?

 

Y vos, ¿por qué me preguntas eso?

 

Paso seguido le conté lo sucedido, su respuesta no se hizo esperar, mientras con una mano se sostenía el estómago, disparó una carcajada, que por poco me deja sordo.

 

¿Y de qué te reís? –le grite, con cólera. Para que mas amigo, con la calma fría del que no sabe de la inocencia, desgarró con su respuesta, todo un sueno infantil.

 

Chocho hombre. Vos...–haciendo una pausa mientras meneaba la cabeza en forma negativa–. Vos si sos un baboso de mierda, y ese tarado de tu amigo, es un burro por creer en tus babosadas, a quien se le ocurre creer, que por portarse bien, el mentado Niño Dios, te va a traer juguetes. ¡Por dios...! ¿En qué mundo vivís cipote de mierda?  –dijo mientras me daba tremendo coscorrón en la cabeza.

 

Y Vos, ¿por qué jodido me pegas? –le reclamé.

 

Porque sos tan tonto. Mirá, las navidades, y todas esas otras fiestas, para la gente pobre no existen. Entendeme...–hizo una pausa para deletrearme la palabra–. ¡No e-x-i-s-t-e-n....muchacho guanaco!. Si es que...me dan ganas de persignarte a coscorrones por bruto. No ves, que son puras chochadas que inventan la gente rica para comprarse regalos y dárselas de gran pedo. A ver, decime, ¿a cuántos niños pobres del barrio, tu Niño Dios, les trajo juguetes...Uhm? –Y se marchó, meneando en negación la cabeza y riéndose a carcajadas, dejando su pregunta como espina en mi corazón.

 

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E-mail: chepeleonarg@aol.com

 

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Última actualización: 20/03/2002

 

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