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Nación
en Managua, el 9 de septiembre de 1958. Gerente de producción. Radica desde
1980 en California, Estados Unidos.
Escribe
poesías y cuentos infantiles. Las que se enuncia continuación constituyen sus
obras inéditas: Esbozos alterados (1974-1989); Cuentos de San Marcos
(1983-1996); La extraña noche (1984-1996); Poemas infantiles (2000-2001).
CAMINO
le publicó en su edición colectiva “Grito de Nuevas Voces” el
relato “La negra virginia y la mica”. En esta sección de autores, CAMINO
presenta también otros relatos de su colección Cuentos de San Marcos.
Una muestra de la Colección “Cosas de cipotes: una
serie de poemas infantiles”
EL COME MOCO
Come
que comes moco.
Moco
que comió el
mocoso.
Mocoso
que comes moco,
decime Vos:
¿A qué te saben tus mocos?
MI VECINO
Mi vecino
don Juan Canducho,
tiene el pescuezo
como un cartucho,
el cuerpo en forma
de pera,
las manos de
enredaderas,
la cabeza en forma
de sandía,
las patas de alcarabán,
las orejas de
caracol,
el pelo de
resorte,
los ojos en forma
de tortuga,
la boca le parece
a un pescado,
y la nariz le
termina,
en la forma de un
gancho…
…Por lo demás,
se parece a
cualquiera.
¿A QUIÉN...?
El cipote la golpeó,
tremendo guasmazo le pegó,
la piñata jodida
se desguapó
y de su interior,
nada salió...
¿Quién fue el
baboso
que se le olvidó
llenar la piñata
de caramelos?
EL CARAMELO
El chavalo, malcriado
ya no lo quiso
y lo tiró al piso.
Pasó un perro y
lo husmeó,
una vieja enchancletada
lo pateó
y cayó cerca de un
lodazal.
Desde lejos el cipote lo chotió,
con mucho disimulo
lo recogió,
lo escupió y la
mano le pasó
para limpiarlo,
y con alegría
dijo,
― ¡No le doy gusto al
diablo!
Y a la boca se lo
metió.
MOCLÍN
I. Escarmiento no le hizo falta
No se le conocían amigos por ningún lado, siempre andaban él y su sombra
merodeando los cafetales. Más que feo, era incomodo de mirar. Flaco, pálido,
como si alguna enfermedad lo agobiara. Su forma de caminar y el balanceo de sus
extensos brazos que parecían tocar el suelo, simulaba el andar de un primate.
Pero no era por su fealdad exterior que la gente desconfiaba. Había en su
comportamiento algo que causaba enojo y hasta repulsión. Desde temprana edad,
rondando la niñez, empezó a mostrar una conducta anormal. Al principio su padre
lo castigaba con rudeza, pero de nada servían los golpes y las amenazas; cuando
menos lo esperaba, volvía a sus andadas.
Y fue así, cuando cumplía los quince años, el mal que le aquejaba, si es
que existía enfermedad en tal proceder, rompió los muros del secreto y salió a
la calle escandalizando a todos. Espiaba a las mujeres en los caminos
solitarios y se les desnudaba. Otras veces se disfrazaba vistiendo ropas
íntimas de mujer. Además, hacía uso de otras desviaciones inconcebibles para la
mentalidad del pequeño pueblo, y así se ganó, por aprobación de la inmensa
mayoría, el apelativo de Moclín.
Un día, inesperado para él, llegó la denuncia ante el Sargento del pueblo,
sobre el infame comportamiento del jovenzuelo. Su padre, con tristeza aceptó
que lo recluyeran en una celda por dos semanas, creyendo que con el nuevo
escarmiento, el cipote, le serviría como lección y
cambiaría.
Al salir de la cárcel, Moclín volvió a sus andadas…
II. Diez años más tarde…
La Chica Fernández es mujer que armoniza con el trabajo y el deber de
cuidar a seis hijos, sin un marido que le eche el hombro. Nunca se casó, ni le hacía
cosquilla la idea. Siempre dijo que los hombres eran buenos para dos cosas:
beber guaro a lo pendejo y preñarla. Y según ella, no
estaba para mantener borrachos ni parir más hijos.
Una mañana de diciembre, la Julieta, de once anos e hija de la Chica
Fernández, llegó a su casa corriendo y asustada, como si el mismo diablo la
viniera siguiendo.
― Ideay niña. ¿Qué te pasa? –le preguntó la Chica, su mamá.
La niña todavía asustada se asomó por la ventana, mostrando en sus ojos
negros de noche el miedo.
― ¡Hablá niña! ¡Hablá mi
amor! –insistía la Chica.
Afuera de la casa se hacía un tumulto de gente. La Chica Fernández se asomó
a la calle sin comprender la algarabía. Una veintena de vecinos armados con
palos y machetes traían de empujones y golpes al Moclín. En sus ojos de madre,
el brillo del horror se le prendió como un tizón encendido, los malos
pensamientos se le hacían un nudo en la boca del estomago. Se acercó al
cuerpecito tembloroso de su hija, lo estrechó con fuerza y medio tartamudeando
empezó a decir:
― A ver mi amor, cuénteme, ¿qué paso? –preguntó con ojos suplicante, y miedo a escuchar lo peor de los labios
infantiles.
A como pudo, la Juliecita empezó a contar lo sucedido.
― Vea usted mita, iba yo, con la María, la hija de
doña Juliana, sobre los rieles rumbo al mercado a dejar los encargos de doña Nila, en eso, de entre los matorrales, así de sorpresa se
nos echó al camino el Moclín, sin un trapo encima y tocándose allí –ella
señalaba sus partes sexuales–. Que nos iba a dar reales si lo seguíamos al
monte y no le decíamos a nadie. ¡Ej...! –le dijo la
Maria–. ¿Vos que crees? ¿Que somos
guanacas? Y seguido le hizo la guatuza y dale a correr.
― Y vos ¿qué hiciste niña? –le preguntó la Chica angustiada.
― ¡Ay mami! Me dentro un miedo, pero no se de dónde
agarré esa fuerza, y con la pana del tiste, le pegué en la jupa y me eché a
correr hasta llegar a la casa.
La Chica Fernández, abrazo a su hija con todas sus fuerza y miedo, y con su
delantal le limpiaba las lágrimas, mientras trataba de consolarla.
― No llore más mi amor, no llore, que para eso tiene a su mama, para que la
defienda. Ya lo va a ver –y haciendo las dos cruces la Chica le juraba mientras
le decía:
― Este Moclin, no va a
volver a asustar a nadie. Se lo juro mi amor! Creamelo!
Desde la calle la gente le gritaba:
― ¡Chica! ¡Chica! Aquí tenemos al Moclín. ¡Vení! ¡Corré! ¡Corré!
En lo que la Chica abría la puerta de su casa, la mamá de la Maria, doña
Juliana, llegó con una raja de leña y juaz! le dejó ir un guazmazo en
el lomo al Moclin, y seguido, ¡piplof,
piplof!, los
vecinos que le dan de las suyas.
Aquel fulano chillaba a grito partido, como mica alazada,
mientras dos de los vecinos lo agarraban de los brazos, imposibilitando sus
movimientos.
Cuando los curiosos vieron a la Chica fuera de la casa, se hizo un silencio
como de velorio, todos esperaban la retahíla de golpes, insultos y desahogo.
Pero no, se equivocaron, con una calma nunca vista y sin enojo, la Chica les
pidió que se lo llevaran al Sargento. El desapruebo fue colectivo, todos le
pedían que lo colgaran, que lo descuartizaran o que a golpes y leñazos lo
mataran para evitar en un futuro cercano una tragedia peor.
En medio del alboroto llegó el Sargento con su acostumbrada autoridad
militar haciéndose paso entre la gente, y como era de esperar para todos y no
para el Sargento, se armo el despelote, nadie lo querían dejar pasar. En el
ambiente los ánimos ardían. Con y sin Sargento, lo querían linchar. Y, ¡bangan!, delante del Sargento le caen encima otra vez al
Moclín. La cosa se le ponía peluda al Sargento. Y cuando nadie se lo esperaba,
la voz de la Chica se hizo escuchar, les pidió calma, que no se sofocaran y que
le entraran al Moclín al Sargento, para que la justicia se hiciera cargo del
culpable.
Con disgusto lo soltaron, no sin antes darle de pescozones, salivazos,
pellizcos y hasta patadas en el culo. Nadie entendía la razón o el motivo que
llevó a la Chica a tomar tal decisión, pero a fuerza de conocer su carácter arrecho, desistieron.
Ya estando dentro de la casa, la Chica sentó en sus piernas a su hija y le
dijo:
― Recuerde lo que le dije –y le dio un besito en
los cachetitos, con la ternura más bonita que se había visto.
Casi un año estuvo preso el mentado Moclín. Durante esos meses se le vio
por las tardes limpiando el parque, desmejorado, se rumoraba y con seguridad,
que en la cárcel eran constante las vergueadas que le daban entre los presos y
los guardias. Cuando llegó la hora de darle su libertad, buscó refugio en su
casa y ni por joder asomaba la nariz. Así paso una semana, un mes, de pronto se
volvió como un fantasma; con costo rondaba el mercado para hacer los mandados.
Una mañana de diciembre, para ser más exactos, un año después de la desventura
del Moclín, el pueblo despertó en medio del alboroto, la gente se había
amontonado a la salida del pueblo en dirección a los rieles.
― ¡Mita! ¿Qué habrá pasado? –preguntó Juliecita
a doña Chica–. Mita, mire! Allá afuera parece que todo
el pueblo está de curioso.
― ¡Quien sabe niña!
Metete para adentro y ponele la aldaba a la
puerta.
Doña Chica siguió barriendo el patio como si nada pasara. Al ratito
golpearon la puerta de su casa, la niña abrió y se encontró de golpe con el Sargento
y una pelota de vecinos y curiosos.
― ¿Está tu mama Juliecita? –preguntó el Sargento.
― Sí, Sargento. –dijo la
niña–. ¿Para qué la quiere?
― Decile que soy yo, que quiero hablar con ella.
― Ya se la llamo.
La Chica salió secándose las manos con el delantal.
― ¡Sí, Sargento! ¿En qué puedo servirle?
― Chica, ¿ya te distes cuenta? –dijo el Sargento, pelando los ojos
asustados, como chivo ahorcado.
― ¿Cuenta de qué? Que no ve que estoy ocupada y no
he podido salir –le contestó la Chica.
― Al Moclín lo arrastró el tren y lo mató.
― ¡Bendito sea!
Yyy...
¿Yo qué tengo que ver pues?
–dijo la Chica.
― No sé. ¿No
tenés algo qué contarme Chica?
Afuera a los curiosos no les gustó el tono de la conversación y tomaron una
actitud en defensa de la Chica. Comenzaron los insultos contra el Sargento,
amenazas y se arremolinaban en actitud peligrosa.
Siempre en el pueblo se dijo que el
Sargento era un hombre duro, acostumbrado a todo, pero nunca se había topado
con todo un pueblo levantado y en busca de motivos para partirle la vida.
Intimidado comenzó a sudar intensamente y en su propio nerviosismo echó mano a
su pistola mientras decía:
― ¡Eh! ... ¡No jodan! Respeten la autoridad. El que
me venga con mates valurdes, aquí nomasito
me lo palmo.
Y desde muy atrás del molote, una
voz le grito.
― Sargento, ¿cuántas balas tiene su zanate?
― ¡Jua, Jua! –se echaron todos a reír.
― ¡Puta! ¿Usted cree, que va a salir con el pellejo
libre?
El gentío lo seguían intimidando, haciendo sonar los machetes y palos, caldeando los ánimos. El Sargento
estaba asustado, el guereren, guereren,
de la gente, seguía aumentando. Ya no sólo sudaba, las patas le temblaban,
tenía ganas de salir corriendo al excusado, y el corazón parecía que se le iba
a salir.
― ¡Sí, jodido! Aquí nomás lo dejamos tilinte como al
Moclín.
Todos se reían menos el pobre Sargento. Pero la Chica lo sacó del aprieto.
Sin mostrar emociones en su rostro de madre, habló con el Sargento:
― Mire Sargento, a mí, no me venga con esos sus
cuentos e insinuaciones. ¿Me oye?
― Yo no te he acusado de nada Chica –la interrumpió
el Sargento.
― ¡Aaah... jodido! ¿Ahora se me echa para atrás? No se haga el
olvidadizo, recuerde que cuando los vecinos querían linchar a su Moclín… Usted lo sabe bien, usted estaba presente,
una palabra mía y lo hubieran matado a leñazo enfrente de usted, irrespetando
su autoridad. Pero, No. No fue así. Yo les pedí que la justicia se hiciera
cargo, y
ya ve pues, dan darán dicen las campanas, justicia se ha hecho.
― ¡Sí...!
–grito la pelota de gente.
― Lo que vos digás Chica,
lo que pasa es que se me hace raro, que el tren lo agarró, desnudo y dormido en
los rieles. Ni que fuera tan pendejo el maje. A mí se
me hace...
― ¿Qué se le hace Sargento? –no
lo dejó terminar la Chica–. Ya déjese de cuentos y babosadas, si tiene algo
cierto que decir. ¡Dígalo jodido!
La Chica se veía alterada, de los orificios de la nariz, le salía un ruidecito que hacia, ¡uf, uf, uf! al respirar, y restregaba
amenazante en el delantal.
― Mejor que quede así –dijo el Sargento, asustado
por las caras del gentío, y dio la vuelta derrotado.
Apenas emprendió su marcha hacia el cuartel, la gente empezó con aplausos para
la vencedora. La mamá de la Marillita la abrazó,
nadie dudaba de la participación de la Chica, pero no se atrevían a decirlo. En
los ojos de los curiosos se mostraba el morbo, queriendo alimentarse con los
detalles más mínimos de lo acontecido, pero la Chica Fernández, los dejó
enchilados. Cerró la puerta de su casa ocultando para siempre la realidad de
los hechos, creando un misterio del que todavía se habla.
Dentro de su casa, la Juliecita se le acercó. La Chica la abrazó con fuerza
y mientras jugaba con la cabellera larga de su niña, le susurró al oído:
― Se acuerda que hace mucho, le dije yo que para eso
estaba su mamá, para protegerla, ¿ah?
― Si, mita, yo me acuerdo –le dijo con tono suave la
niña.
― Pues no se preocupe mi amor, que ese condenado no
va a volver a molestarla –y la abrazó con fuerza.
La Chica Fernández, es una mujer arrecha, que no
le debe a nadie, ni le ve la cara a ningún pendejo, y
si tienen dudas, pregunten en el pueblo, lo que le pasó al tal Moclín.
*****
NAVIDAD
A mis 8 años, cada 24 de diciembre era el día más deseado, la expectativa
ansiada por hacerse realidad. Todo un año de espera, buen comportamiento y
amenazas de parte de mi madre.
Con mis escasos conocimientos de la ortografía, me adentraba en la
imaginación premeditada creando un testamento de peticiones que coqueteaban
algunas veces con un carrito de hojalata, un soldadito de plástico, o me
disparaba airoso en busca del disfraz de vaquero de mi héroe predilecto con sus
dos pistolas plateadas y estrella de sheriff,
que pendía autoritaria en su pecho de invencible, y de ipegue, alguna otra cosita, que
el Niño Dios, por mi buen comportamiento, me traería como premio. Inocencia que
anidaba en mis ojos de niño.
Para mí, en el cielo, hogar del Niño Dios, había una montaña de juguetes
acumulados en espera de la navidad y de mi ansiosa cartita, que algún Ángel,
por mandato del Niño Dios, tenía que leer
y cumplir sin chistar. Arrogancia infantil en medio de la inocencia.
A pocas semanas de la navidad, me encontraba jugando en el traspatio de la
casa, correteando con mis amigos del vecindario, cuando decidí compartir la
espera con uno de ellos. Entusiasmado y con la certeza de lo inculcado por
costumbres, le pregunté qué le había pedido al Niño Dios. Hubo unos cuantos segundos
de silencio.
― Y vos, ¿de qué estas hablando niño? –me dijo,
mientras pateaba el suelo y agachaba la cabeza con desatino.
Le solté el paquete a como me lo habían mostrado. Le hablé del Niño Dios, de
los niños bien portados, como yo, y de los regalos con que seríamos premiados.
― ¡Ej...! Yo no sé de eso,
mi Abuela nunca me ha dicho nada de ese tu Santo Niño –mi amigo se quedo ido,
perdido en su pensamiento–. La verdad es que nunca me han dado juguete alguno.
― ¿Y por qué no le hacemos una cartita con tu nombre
al Niño Dios? –le pregunté entusiasmado.
― Sí, de verdad, tenés razón –en eso, sus ojos se
perdieron en la confusión.
― ¿Qué te pasa? –le pregunté.
― Es que... –y se metía en el silencio atónito otra
vez.
― Ideay pues! No es que somos amigos?
― Sí –me dijo―. Pero me da vergüenza. Jurame
que no te vas a reír de mí?
― Lo juro.
― No le digás a nadie o te
vas al infierno.
― No sé leer –mientras cerraba los ojos
avergonzado–. Dice mi Abuela, que la escuela es pérdida de tiempo, que nacimos
pobres y entre más rápido nos demos cuenta, más fácil se nos hace la vida.
Al terminar tenía sus ojos negros, lagrimosos, bajo una oscurana de
tristeza y lodo.
― No te preocupés, yo te
voy a ayudar.
Después de jugar, estando ya en mi cuarto, emprendimos la tarea de redactar
la esperanza infantil en un mundo de adultos. No quiso pedir mucho, era la
primera vez y no quería que el Niño Dios pensara que era muy lagarto. Además,
no se acordaba bien si se había portado bien, porque su Abuela, le pegaba mucho
y le decía que era un vago, un haragán y muchas cosas feas que le daban ganas
de llorar. El contenido de la carta era, un par de líneas, muchos borrones,
varios errores ortográficos y una imaginación que aleteaba por primera vez sus
esperanzas de recibir un poco de lo anhelado.
Al caer la tarde, escalamos el muro que da a la pared del excusado de la
casa de su Abuela, y al llegar al techo, pusimos la carta, sostenida con un
trozo de teja de barro que llevaba en la bolsa de mi pantalón. Nos quedamos
viendo, maravillados por el momento de la ilusión, y sin esperar motivo, nos
pusimos a reír.
Por la noche al rezar, señalaba con tristeza al excusado, reclamando al Niño
Dios, que hacía más de una Semana, mi carta se la había llevado, pero la del
amigo, aun pendía del tejado.
La carta cambio a un color amarillento, empezaba a deteriorarse y a
pedazos, el viento se la estaba llevando. El día anterior a la noche buena,
llovió, llovió con la fuerza de un vendaval, y fue así, entre relámpagos y
truenos, la lluvia arrastró lo que había quedado de la carta. Muy dentro de mí,
creí, que el Niño Dios, de esa forma se había hecho cargo de la cartita de mi
amigo.
El día tan esperado
llegó, amaneció húmedo, el frió rondaba calladamente el pueblo de San Marcos,
era otro año, igual a los de siempre, donde se cumplen al pie de la letra mis
peticiones al Niño Dios. A ojos cerrados, podía encontrar al borde de la cama
los soñados juguetes.
Casi al medio día escuché la voz de mi amigo, que venía desde la calle.
Salí corriendo juguetes en mano lanzando la pregunta con ansias retrasada.
― ¿Qué paso? ¿Te trajo los juguetes el Niño
Dios?
No dijo nada, atornilló sus ojos en mi corazón y de un golpe me estremeció.
― ¿Ves esto?
Y seguido mostró su espalda llena de moretones.
― Yyyy...! ¿Qué te pasó? –logré
balbucear.
― Esto! –me
dijo con lágrimas en los ojos–. Esto es, lo que tu Niño Dios me dejó, y por tu
culpa.
― Pero... ¿qué estás diciendo?
― Tiene razón mi Abuela, sólo a mí, se me ocurre
creer en esas tus chochadas.
― ¿Cuáles chochadas?
― ¿Ah, si? Explicame, por
qué cuando me desperté y al buscar abajo de mi tijera, los regalos, que según
Vos, tu Niño Dios, me iba a dejar, no encontré más que mis chancletas viejas. ¿ Ah? Y cuando fui para donde mi Abuela, a preguntarle qué
es lo que había pasado con mis juguetes, sus ojos casi se le prendían en fuego
de la arrechura, y me dio un manotazo en la cara, que
casi me arranca la cabeza del pescuezo.
Lloraba con rabia, mientras un surco lodoso se le formaba en sus mejillas.
― Pero no creas, que con eso se conformó. Mi Abuela
es especialista y eso fue sólo el principio. El resto, ¡mirá,
mirá!
Y me mostraba otra vez su espalda lastimada.
Las preguntas hacían un nudo que se entrelazaban por todos lados,
impidiéndome encontrar el principio o el final de todo esto. Y así, emprendí el
regreso a mi casa, con la tristeza de mi amigo, clavada en mis ojos.
A medio camino tropecé con un niño algo mayor que yo, y del mismo barrio.
― Ess. Y a vos, ¿qué jodido te pasa? Fijate por donde vas, chavalo
baboso.
No sé por qué, ni sé con certeza para qué hice la siguiente pregunta.
― ¿Crees en el Niño Dios?
― Y vos, ¿por qué me preguntas eso?
Paso seguido le conté lo sucedido, su respuesta no se hizo esperar,
mientras con una mano se sostenía el estómago, disparó una carcajada, que por
poco me deja sordo.
― ¿Y de qué te reís? –le grite, con cólera. Para que
mas amigo, con la calma fría del que no sabe de la inocencia, desgarró con su
respuesta, todo un sueno infantil.
― Chocho hombre.
Vos...–haciendo una pausa mientras meneaba la cabeza en forma negativa–. Vos si
sos un baboso de mierda, y ese tarado
de tu amigo, es un burro por creer en tus babosadas, a quien se le ocurre
creer, que por portarse bien, el mentado Niño Dios, te va a traer juguetes.
¡Por dios...! ¿En qué mundo vivís cipote
de mierda? –dijo mientras me daba
tremendo coscorrón en la cabeza.
― Y Vos, ¿por qué jodido me pegas? –le reclamé.
― Porque sos tan tonto. Mirá, las navidades, y todas esas otras fiestas, para la
gente pobre no existen. Entendeme...–hizo una pausa
para deletrearme la palabra–. ¡No e-x-i-s-t-e-n....muchacho guanaco!. Si es que...me dan ganas de persignarte a coscorrones por
bruto. No ves, que son puras chochadas que inventan
la gente rica para comprarse regalos y dárselas de gran pedo. A ver, decime, ¿a cuántos niños pobres del barrio, tu Niño Dios,
les trajo juguetes...Uhm? –Y se marchó, meneando en
negación la cabeza y riéndose a carcajadas, dejando su pregunta como espina en
mi corazón.
E-mail: chepeleonarg@aol.com
Última
actualización: 20/03/2002