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3.1) Reflexión
III
El hombre ve la bellaza
en la grandeza.
Somos megalómanos naturales,
que soñamos con la unidad
de un mundo global
cercenado por la profunda
herida ecuatorial de la
supremacía.
¿Será posible
recuperar un mundo
que intencionalmente
destruimos?
¿Dónde está pues la belleza?
Algunos la encuentran
al disparar en pro de la libertad
aunque cada bala
hiera mortalmente la paz.
VI
“¿Por qué deseamos estar solos?
Porque la soledad es un refugio, porque es
Una necesidad cuando la agitación nos atrapa,
Cuando la confusión de la realidad latente
Nos asesina a diario”. Honestidad, en Inevitablemente
Humano de Henry A. Petrie.
Y ahora busco el refugio de la soledad,
como antes en la algarabía
para escapar de mí mismo,
mis pesares, mis temores e
inseguridades.
Ahora busco la soledad
para encontrarme conmigo mismo
y conversar de mis pesares,
temores e inseguridades.
Ahora gusto de la soledad,
de su compañía, paciencia
y presteza.
Ahora ya no sólo la busco,
la extraño más que nunca.
Sin ella me siento solo.
Poemas publicados en Bolsa Cultural No 169, 15
diciembre 2000.
Este es un extracto de su libro de crónicas “Mozambique a pedacitos” todavía en
preparación.
Dedicado a
María, Michelangelo
y Caterina:
fieles compañeros en estos años
mozambiqueños…
PREFACIO
Cuando uno no es
escritor, resulta difícil expresarse usando papel y lápiz, pero más atrevido
aún es intentarlo. Y eso soy yo, un atrevido, al tratar de escribir estas
experiencias vividas en Mozambique, país que se transformó en mi segunda patria
después de residir por más de 11 años entre sus hermosos parajes. Una tierra de
“buena gente”, como se suele decir por aquí, de grandes contradicciones, de
sufrimiento y explotación, de héroes y mártires, de música, pintura, escultura,
poesía y narrativa, de literatura, de mucha historia, de cruentas batallas, de
una gran diversidad de tradiciones, etnias y lenguas, de grandes desafíos,
dentro de los cuales la consolidación de la democracia y la conservación de la
Paz son los más importantes.
Mozambique ex-colonia y
ex-provincia de ultramar portuguesa, obtuvo su independencia en 1975 después de
una larga lucha de liberación jefeada por la FRELIMO
con Eduardo Mondlane a la cabeza, asesinado a finales
de la década de los años 60 con un libro bomba. Le sucedió Samora
Machel, quien gobierna el país después de la
independencia bajo un régimen socialista.
El nuevo Mozambique fue
inmediatamente agredido por Smith –presidente de la
antigua Rodesia del Sur, hoy Zimbabwe–, de forma
directa atacando posiciones fornterizas, e
indirectamente, organizando y apoyando la Resistencia Nacional Mozambicana (RENAMO), que a la caída de Smith,
pasó a ser apoyada por el régimen del Aparthied de África del Sur. En los años 80 la guerra de la
RENAMO se expandió en el país tomando control de las áreas rurales, provocando
el terror en las principales vías terrestres de comunicación. Este estado de
absoluto terror se mantuvo por casi 16 años.
El 14 de febrero de
1990, día de mi llegada al país, la guerra se hacía sentir hasta en las zonas
peri-urbanas de las principales ciudades del país, incluyendo la capital. En
ese ambiente hostil pisé suelo mozambiqueño; salía de una guerra en Nicaragua
para entrar en otra.
En Mozambique
las conversaciones de paz se habían retomado a inicios de 1990 con la
intervención del Embajador Italiano acreditado en el país, Manfredo
di Camerana, a quien tuve el placer de conocer personalmente. Este hombre
incansable y paciente viajó de Maputo al Gorongosa
–montaña en la región central del país que servía de cuartel general de la
RENAMO– sirviendo como puente de enlace entre el presidente de la República Joaquim Chissano y el líder de la
RENAMO, Alfonso Dhlakama. Afortunadamente este
esfuerzo culminó el 4 de Octubre de 1992 en Roma con la firma del acuerdo de
paz. Siguió a éste, el desarme de los ejércitos y la integración del movimiento
armado a la vida política y civil, iniciando así una nueva era en la vida
social, económica y política en el país.
Las primeras elecciones multipartidarias realizadas en
Octubre de 1994 fueron ganadas por la FRELIMO, consagrándose la RENAMO como el
mayor partido de oposición. Las segundas elecciones multipartidarias realizadas
en Diciembre de 1999, fueron nuevamente ganadas por la FRELIMO por un pequeño
margen. Las elecciones fueron declaradas libres, transparentes y justas, pero
la RENAMO-UNION ELECTORAL, coalición de varios partidos de oposición, continúa
a no aceptarlas.
En este período de once años de trabajo
en Mozambique, y en contacto directo con las poblaciones urbanas y rurales en
todas las provincias del país, tiene lugar esta serie de historias. El
propósito de este esfuerzo es presentar un país tan lindo como el mío, mi
Nicaragua, rico en tradiciones, cultura y arte. Espero que se sientan
identificados con este territorio de sabanas, florestas, ríos, desiertos,
cultura e historia, pero más que identificados con todo eso, puedan ver a su
gente.
Nº 1
La cabina estaba oscura.
El avión de Aeroflot surcaba los aires a velocidad de
crucero y de vez en cuando se oía el timbre que algún pasajero presionaba con
insistencia para llamar a las azafatas. Entre las cortinas del área donde se
preparan los alimentos y las bebidas, se dejaba entrever la luz tenue que
iluminaba las puertas de los baños.
Afuera, el cielo comenzó
a vestirse de un rojo escarlata y las primeras siluetas de las nubes
algodonosas reflejaban tímidas los primeros rayos de sol anunciando el
amanecer. El vuelo de 12 horas de Moscú a Maputo con escala en Yemen del Sur
llegaba a su fin. Repentinamente, los parlantes anunciaron que sería servido el
desayuno y quedaban todavía dos horas de viaje.
Un colega
italiano que viajaba con nosotros, y que por primera vez dejaba su tierra para
trabajar en el extranjero, se levantó entusiasmado a curiosear por la ventana
cautivado por el sol que emergía como hierro incandescente de las aguas del
océano Índico. Sacó su cámara y disparó una serie de fotos sin importarle el
número. Se giró hacia nosotros como niño con juguete nuevo diciendo en su
italiano veneciano:
— ¡Che bello, non imaginavo una cosa del genere!
Reímos al ver su alegría
infantil, pero la verdad es que también nosotros quedamos impresionados de la
belleza del paisaje atmosférico. Pasado unos instantes, el cielo se vistió de una
pureza límpida que permitía una visibilidad infinita, el horizonte parecía más
lejano de lo normal. Sobrevolamos el lago Niassa
custodiado por las montañas malawianas y mozambiqueñas en sus orillas, y con su color verde intenso
parecía una esmeralda gigante; el
paisaje Africano nos seguía impresionando.
Por fin, el anuncio del
aterrizaje llegó. Pusimos los respaldares en posición vertical, nos ajustamos
los cinturones de seguridad y mi esposa me agarró de la mano en el preciso
momento que el avión se sacudía al sacar el tren de aterrizaje. La vibración y
el zumbido provocado por el choque del viento, anunció que el aterrizaje era
inminente. Por la ventana vimos techos de zinc y de paja por millares, las
casas ordenadas en cuadrados perfectos y de repente, la pista apareció como
corriendo a toda velocidad. Al contacto con el suelo mi mujer y yo nos
apretamos fuertemente las manos.
Salimos del avión y el impacto del viento cálido y húmedo de
febrero me hizo olvidar los meses del duro invierno europeo.
— Que alivio, otra vez
aire caliente como en mi tierra- dije sonriendo a mi esposa.
Por causa del
frío intenso en Moscú durante los tres días en tránsito había perdido mis botas
vaqueras hechas a mano en Somoto. El piso congelado
de la Plaza Roja partió en dos la suela de baqueta, como si fueran un pedazo de
plywood.
Pasamos los balcones de
migración sin problemas, a pesar de que no sabíamos ni una palabra de
portugués. Sacamos las valijas del carrusel y en la aduana nos sacaron todas
nuestras pertenencias una por una. Lo más grave fue que nos detuvieron la radio
grabadora que habíamos comprado antes de partir. La compramos con la idea de
tener al menos un poco de distracción, ya que nos habían dibujado un África
negra, y bien renegra: “Prepárense bien que allá no
van a encontrar nada. No hay cines, sólo un canal de televisión, los
restaurantes fano schifo, la
gente es poco comunicativa, no hay buenos centros de diversión, miseria por
todos los sitios y no podrán salir de la ciudad porque Maputo es una cárcel gigante
por la guerra. Cortes de energía eléctrica frecuentes, servicio de agua potable
inexistente, las pocas casas de cemento corroídas por el tiempo, y las pocas
calles, alternadas con pedazos de asfalto y hoyos interminables.”
Más que curiosos
viajamos aterrorizados a un país con tales referencias. La radio grabadora
representaba nuestra supuesta única recreación y nos la habían quitado.
Alegamos con los funcionarios en español que parecían comprender bien, pero fue
imposible, la grabadora quedó en la aduana y debíamos regresar al día siguiente
para iniciar el moroso proceso de importación. Salimos desconsolados.
Fuera del edificio nos
esperaban el coordinador del proyecto y la conductora con el emblema híbrido de
mano-paloma de la cooperación italiana. Fuimos recibidos con abrazos afectuosos
y con las preguntas de rigor en relación al viaje. El calor y la humedad eran
ahora sofocantes. Yo quedé automáticamente excluido de la conversación en
italiano. Ayudado por la conductora puse las valijas en la parte posterior del Toyota Landcruser y me senté
silencioso escuchando la conversación, porque después de tres meses en Italia
había conseguido sólo entender el idioma y machacar algunas palabras. Los
italianos hablaban casi en simultaneo, excitados; los recién llegados queriendo
saber todo en un instante y los residentes tratando de responder a cada una de
las preguntas.
Me sentía, más que como
un pez fuera del agua, yo diría, un pez en medio del desierto, sin poderme
comunicar, asustado por lo desconocido y más aún por el hecho de no estar en mi
tierra.
Salimos del parqueo bajo
un sol matutino candente. Pasamos los jardines del aeropuerto invadidos de
hierbas y matorrales, verdes únicamente por efecto de la lluvia. Pasamos debajo
de un puente del ferrocarril y topamos con una rotonda con una gran estrella
acostada en el centro de un área verde y la bandera que ondeaba desteñida y
deshilachada, pero orgullosa resistiendo a la intemperie de 15 años de
independencia del yugo colonial. Era la Plaza Héroes y Mártires. En ella se
encuentran los restos mortales de Eduardo Mondlane,
nosotros lo llamaríamos “prócer de la independencia”; en Mozambique lo llaman
el primer presidente de la FRELIMO, el padre de la Patria. Samora
Machel, su sucesor lo acompaña cual fiel seguidor,
asesinado también por sus enemigos, y como comentan muchos, traicionado desde
sus filas.
En el extremo noreste de
la plaza al otro lado de la calle, los restos mortales de los héroes y mártires
mozambiqueños están custodiados por un hermoso mural donde fue retratada en
unos cincuenta metros de pared los quinientos años de lucha de este pueblo
explotado, humillado, ultrajado y exprimido por más de cuatrocientos años. El
mural me inspiró confianza y me recordó los murales de la universidad, de los
barrios de Managua y del parque Luis Alfonso Velásquez. De repente me sentí
como un pez que estando en el desierto le echan un balde de agua. Me animé.
Circundamos la plaza
girando ciento ochenta grados y entramos en el segundo desvío en dirección al
centro de la ciudad por la Avenida Acordos de Lusaka.
A la vuelta de la esquina comenzaron las casas maltrechas, con paredes sin
repellar, con las láminas de zinc fijadas con piedras o pedazos de bloques. Un
cauce por donde corría el agua pluvial y residuales de las casas aledañas,
niños descamisados jugando fútbol con grandes bolas de trapo –en Nicaragua
jugarían handball o baseball- en las calles
polvorientas, vendedoras ambulantes, gente corriendo detrás de los autobuses
luchando por no quedarse, camionetas llenas de pasajeros colgados de cualquier
parte, y me pareció Managua. Ahora si me sentí como pez dentro del agua. Me
pareció el Reparto Shick, la Fuente, y el Barrio Riguero antes de la Revolución con sus dos únicas calles
pavimentadas y el resto de sus callejones eternos de tierra. Me sentí
reconfortado y el miedo y la incertidumbre me abandonaron. Desde ese momento,
me sentí como en mi tierra, y es que amigos, la pobreza es igual por doquier.
Nº 2
Ocurrió a
finales de febrero de 1990, dos semanas después de nuestra llegada en
Mozambique. El suceso nos tomó por sorpresa sin imaginar su proximidad. En verdad, la comodidad y el ambiente acogedor
facilitado por nuestros amigos nos habían distorsionado el sentido de la
realidad en que vivíamos.
Para los
colegas del proyecto por el cual trabajamos, nuestra casa, situada a unos cien
metros del hospital, servía como punto de encuentro después de las horas
laborales. Indrío, uno de los anestesistas, nos
visitaba cada medio día, o por la noche después de alguna llamada de
emergencia.
Como recién
llegados, y con pocos contactos, rápidamente nos acostumbramos a las visitas de
nuestro amigo anestesista. Durante la primera semana no hubo tarde o noche que
no nos acompañara con su amena conversación, hasta el fin de semana que nos
percibimos de su ausencia. Nos pareció extraño que ni el sábado ni el domingo
nos visitara, pero no le dimos importancia pues
pensamos que habría hecho planes con otros amigos.
Ese domingo pasamos arreglando
nuestras cosas y ordenando la casa. Al final de la tarde tomamos un baño y
antes de que cayera la noche decidimos dar un paseo en los alrededores para
familiarizarnos con la ciudad y acostumbrarnos a ver del lado correcto al
cruzar las calles, porque en Mozambique por influencia Sudafricana, se conduce
por la izquierda.
Salimos de casa y
caminamos bajo la cobertura de las de acacias que se acariciaban unas a otras
con sus ramas juguetonas animadas por el viento cálido de la bahía de Maputo.
Dimos la vuelta a la cuadra y llegamos al parque “Los Continuadores”, que en
Cuba llamarían “Los Pioneros” y en Nicaragua “Los Carlitos”.
Un parque gigante con una pista de atletismo completa pero descuidada y sin
iluminación, que por las noches servía de punto de encuentro para amores
prohibidos, ansiosos por libertar la pasión acumulada.
Atravesamos el parque y
vimos las parejas aprovecharse de la escasa luz del crepúsculo, para fundirse
en besos y abrazos ardientes. Nuestra presencia no incomodó a nadie.
Pasada una hora, la noche nos cobijó con su manto negro y
prudentes decidimos regresar a casa. De lejos divisamos el jeep de Indrío aparcado frente a nuestra casa. Al entrar, nos
sorprendió verlo botado en el diván con la cabeza echada hacia atrás, los ojos
cerrados y sosteniendo un vaso de whisky. Nuestro
visitante se sobresaltó cuando lo saludamos golpeando accidentalmente la mesa
con sus pies.
— Disculpen el
atrevimiento– se excusó haciendo un intento para levantarse.
— No hay problema
–respondió María, mi esposa invitándolo a sentarse nuevamente.
Indrío tenía un aire cansado, como si lo hubiera acumulado durante varias
jornadas de trabajo forzado. Las ojeras se veían pequeñas detrás de sus gruesos
lentes cóncavos, y la cara grasosa con su brillo reflejaba la luz de la lámpara
colgante. Aguardamos con la sospecha de que algo se traía entre manos, pero él
se mantuvo callado aprovechando acabar el whisky.
—
Puedo servirte otro– dije
rompiendo el silencio.
Me contestó con un
ademán positivo porque todavía engullía el trago de whisky.
María no contuvo su ansiedad y lo abordó.
— ¿Tienes algún problema
que te veo así tan abatido?
— No –dijo transpirando
una sonrisa forzada–. Tuve un problema, ahora ya lo resolví.
— ¿Qué tipo de problema?
si no es una indiscreción de mi parte– interpeló María.
— No hay problema, no es
nada personal. Sólo que tuve un fin de semana de perros. Desde ayer al medio
día hasta hace unos pocos minutos estuve en el quirófano –hizo una pausa–. Les
digo muchachos que fue horrible– dijo pasando la mano sobre la cabeza.
Yo le di el vaso de whisky y me senté intrigado a su lado.
— ¿Y qué ocurrió?
–preguntó María mientras Indrío bebía si trago.
— ¡Qué! ¿No leyeron el
periódico?
— Y qué vamos a leer si
no conocemos todavía bien el portugués. Es botar dinero –bromeé para animar el
ambiente.
— ¡Ah! Entonces están
fuera de contexto –afirmó poniendo el vaso vacío sobre la mesa de la sala–. Mis
querido amigos, lo que les voy a contar da para película de terror.
María encendió un
cigarrillo y le ofreció otro a Indrío que rechazó
amablemente tocándose el pecho dando a entender que le hacía mal al corazón.
— Ayer después del
almuerzo me preparaba para mi siesta vespertina cuando me llamaron urgentemente
del hospital. Al inicio me enojé porque no era yo el que estaba de turno. Pero
el jefe de cirugía había llamado a todos los anestesistas. Ni modo, tuve que
renunciar a mi merecido descanso y salí corriendo sin imaginar lo que me
esperaba; pensé que podría ser algún accidente de tránsito –Indrío
se quitó los anteojos para limpiarlos con una servilleta–. Entré por la
emergencia para tener una idea de la situación, y cual fue mi susto al ver las
camas de observación ocupadas con pacientes malheridos, se oían lamentos,
llantos y gritos desesperados. Las enfermeras corrían de un lado a otro, vi médicos sobre los pacientes más graves pinzando vasos
sangrantes para detener hemorragias, y las camillas que pasaban a una velocidad
espeluznante, me cortaban el camino. Otros pacientes menos graves, pero
ensangrentados, aguardaban en las bancas de la sala de espera.
Nuestro amigo caviló por
un momento interrumpiendo el relato.
— “Doctor Indrío”, me gritó una enfermera –dijo él lazando la voz–.
“Apúrese que lo están esperando en el quirófano que hay muchos pacientes graves
que aguardan. Los cirujanos de turno ya están operando, y las otras salas ya
están listas”.
Los gestos de nuestro
amigo eran exagerados, era como revivir esos momentos. Sus manos grandes que
pasaban frente nuestros ojos auxiliando sus descripciones, me recordaron las
manos exuberantes del David de Michelangelo.
— ¿Entonces fue un
accidente de autobús? –pregunté atraído. Él no respondió.
María y yo quedamos
intrigados, pero no quisimos insistir al verlo en ese instante profundamente
deprimido. Me levanté a servirle otro whisky y vi a través de los lentes sus ojos que se humedecían.
— Fue horrible...
Indrío dejó caer los brazos pesadamente y se recostó en el diván.
— ¿Sí pero qué? todavía
no consigo entender nada– exclamó María sorprendida sentándose a su lado.
— Disculpen –dijo con
voz quebrada enjugándose las lágrimas con la servilleta–, es que fue una cosa
terrible. Ahora que lo estoy contando me doy cuenta de la barbaridad que
hicieron a esta pobre gente.
— ¿Y qué fue lo que
pasó?
— No lo van a creer
–afirmó–. Sólo en mi sala operamos diez heridos. Es que esta maldita guerra ya
no tiene límites –dijo desconsolado–. Atacaron el tren de Ressano
García agrediendo y matando a punta de machete, hacha y cuchillo a los
pasajeros y mineros que venían cargados de África del Sur. Fueron más de
sesenta los heridos y de estos operamos como treinta graves. Se desconoce
todavía el número de los que fueron asesinados. Se dan cuenta de la carnicería.
No quiero ni siquiera imaginar el cuadro tétrico en el tren, y más aun, la angustia
de la gente viendo como mataban a los otros esperando su turno para ser
macheteados o apuñalados. ¡Qué horror!
— ¿Y quién dio el aviso?
–pregunté casi sin resuello.
— Algunas personas
consiguieron escapar a Boane, a treinta kilómetros de
aquí, para dar la alarma al cuartel. ¡Si fue aquí cerca a no más de 40
kilómetros! Cuando llegaron los militares al lugar del incidente, los
carniceros ya se habían marchado. Además de matar y agredir a las personas, se
llevaron todas las pertenencias a los mineros –Indrío
se llevó las manos en la cabeza–. Pero lo que no consigo entender es que si
querían robar la carga de los mineros, porqué tuvieron que cometer semejante
barbarie. No era necesaria tanta atrocidad: matar, mutilar y agredir de esa
manera, peor que animales. Esto es de locos. Esta guerra es una aberración. En
otros ataques les han cortado las orejas, narices, labios, pechos y hasta han
abierto el vientre a mujeres embarazadas. ¿Para qué? Qué salvajada, es
demencia... una masacre.
*****
AUTOR: Miguel
Aragón López
Novela todavía en preparación
y revisión.
(c) Miguel Aragón López.
Todos los derechos reservados. Registro 01873/RLINLD/2000. Instituto Nacional
do Libro e do Disco, do Ministério de Cultura e Juventude da República de Moçambique.
Dedicatoria:
A los galenos,
a aquellos que
creen todavía
"que la salud es un
derecho del pueblo..."
Martes 25 de enero de
1994 - 5:57 p.m.
Los primeros colores
rubicundos del crepúsculo comenzaron a teñir las nubes perezosas en el cielo azul
nicaragüense, sonrosando el atrio inmaculado de la Catedral de León. Los
jóvenes, todavía de vacaciones, paseaban y conversaban amenamente en el Parque
Jerez y en las aceras aledañas. Las voces de los transeúntes se confundían con
el trino alborozado de los zanates clarineros, buscando sus nidos, con la
batahola del tráfico y con el chasquido metálico de las herraduras de un
caballo jalando su carretón repleto de aserrín.
Como siempre, todas las
meses del Sesteo estaban ocupados por sus asiduos clientes a la búsqueda de una
refrescante cerveza, que a esa hora del día se transforma en la única excusa
para hacer una pausa entre la salida del trabajo y la casa. El doctor Ramiro Avendaña, sentado en una de las mesas de tan popular local,
se deleitaba observando las tonalidades de los colores de la caída del sol,
mientras paciente, esperaba a su colega y amigo, el doctor Mario Vanegas. Ramiro, profesor titular de investigación en la
Universidad de León, era un hombre enjuto de carnes y alto para la estatura media
del nicaragüense. Los grandes ojos café oscuros y vivarachos sobresalían en su
piel clara como dos castañas. Tenía la nariz grande y afilada, y sobre sus
labios extremamente finos, se dibujaba una línea negra por el bigote austero
que retocaba cada día.
El mesero interrumpió su
momento de contemplación al verter la cerveza provocando una explosión blanca
que se derramó fuera del vaso. Ramiro agradeció y estoico, esperó que la espuma
bajara y vaciar por completo el contenido de la botella. Pensativo observaba el
vaso frío, que comenzaba a transpirar. Vio las gotas de agua deslizarse, suaves
y caprichosas hasta acumularse alrededor del fondo del vaso sobre la mesa.
Controló rápidamente el reloj y arrugando el ceño, observó en lontananza para
ver si localizaba a su amigo.
"Bueno, yo voy a
comenzar, si no llega después de esta cerveza me voy para la casa", pensó,
mientras escurría con el dedo el agua que se había condensado en la superficie
del vaso.
Estaba bebiendo el
segundo trago de cerveza, cuando sintió una mano en su hombro.
— Con calma jefe que
nadie se la va a quitar –lo sorprendió Mario.
— Estás atrasado, yo
pedí la mía porque pensé que ya no vendrías.
Ramiro puso
el vaso sobre la mesa y con la servilleta de papel se limpió la espuma de los
bigotes.
— Es que me atrasó uno
de los estudiantes, el pobre está perdido con bioestadística, no entiende nada.
— Bueno hermano, pedí tu
cerveza y no perdamos tiempo que tengo que llegar temprano a la casa.
— Siempre con las mismas
historias. ¡Hey! –Mario llamó al mesero con la mano
alzada tronando los dedos–, una cerveza para acá, brother. A propósito, ¿ya leíste
el artículo de nuestro seminario que salió en Barricada? –preguntó solícito
Mario.
— ¿Ya salió? ¿Y por qué
no me dijiste antes, jodido? No ves que no tuve tiempo de leer ningún periódico
hoy –le reclamó amistosamente Ramiro.
— Ni yo, sólo vi el título.
— A ver pues, leelo que soy todo oídos.
Mario sacó el periódico
que tenía en su maletín, pasó las páginas rápidamente hasta encontrar el
artículo y dio un sorbo a su cerveza.
— El título: "Alto
índice de mortalidad infantil azota León" –dice Mario con acento solemne y
la voz grave.
— Déjate de payasadas y leé rápido –lo exhortó Ramiro.
— En subtítulos:
"Médicos lanzan alerta en seminario. Niños del campo principales víctimas
mortales. Pobreza creciente una de las causas" –Mario lee simulando a un
locutor de noticias.
— Sos
un payaso –le dice el amigo riéndose.
— Ahora sí: "En el
municipio de León se registra actualmente una tasa de mortalidad infantil de 87
por cada mil nacidos vivos, lo cual fue considerado como una dinamita sanitaria
por el grupo de investigadores especializados que ejecutaron un estudio en el
último trimestre de 1993" –hizo una pausa para beber otro trago de cerveza
y luego prosiguió–. "Los datos escalofriantes, mostrados recientemente
durante un seminario entre médicos, enfermeras, alcaldes y dirigentes comunales
en Managua, señalan que la mortalidad infantil entre 1989 y 1990 se había
bajado a 44 por cada mil nacidos vivos en León....bla,
bla, bla" –leyó
saltando algunas líneas sin importancia.
— ¡Hombre jodido!
–celebra Ramiro con satisfacción.
Mario continúa con la
lectura.
— "Añade que en
1986 la mortalidad infantil, por distintas causas, era de 57 por cada mil nacidos
vivos, bajón que se acentuó más en los años siguientes por el nivel de atención
priorizada que había alcanzado el cuidado esmerado a niños y madres". ¡A
la chocho, gancho al hígado papito! –comenta Mario
con alegría.
— A ver seguí que está
bueno.
— Este párrafo no dice
nada, veamos el otro....Ajá, este sí. "El equipo
de investigadores sostiene que este crecimiento veloz de las muertes infantiles
tiene su origen en el deterioro acelerado de la vida de los leoneses, debido al
desempleo de los adultos, hambre y falta de financiamiento a los productores
agrícolas". ¿Cómo te quedó el ojo papá, ah? –Mario pregunta bromeando
mientras pasa la página.
— Este artículo sí que
está caliente –comenta Ramiro.
— Y no acaba ahí mi
hermano, oí. "Los investigadores explicaron que la muestra investigativa
se efectuó en ocho mil casas de la ciudad y del campo, donde encontraron
situaciones dramáticas, conmovedoras, por el nivel de crisis económica que
viven los leoneses".
— Perfecto –dice Ramiro
satisfecho.
— Y ahora el gran final:
"La cifra de 74 por cada mil nacidos vivos, como tasa nacional, es lo que
acepta actualmente el Ministerio de Salud, pero también representa un deterioro
acelerado en la vida infantil del país, lo cual obliga a que toda la sociedad
reflexione sobre este desastre sanitario". ¡A la puta, clase cahimbazo hermano! Como dicen los mejicanos, "esto nos
va a dar bronca" –reflexiona Mario.
— No se me aflija, que
el que se aflige se afloja, mi hermano. Usted bien sabe que la ciencia no es
una opinión. Eso fue lo que encontramos en el estudio y eso es lo que tenemos
que divulgar.
— Tenés razón, lo
primero es la ética científica, el resto es politiquería. Si al gobierno no le
gusta, que se joda. Pero tenemos que estar pendientes de las críticas que
puedan salir en el periódico los próximos días –dice Mario empinándose el vaso
para sacarle la última gota de cerveza.
— Es correcto mi
hermano. Vamonós que
ya es tarde y en la casa me están esperando.
Mario satisfecho, dobló
y guardó con cuidado el periódico con la idea de recortar el artículo y ponerlo
en el mural de la oficina como trofeo del Departamento de Investigación de la
Universidad, seguro que la reacción del gobierno no se haría esperar.
...UNA
SEMANA DESPUÉS...
7:00 a.m.
El día rompía claro, con
un cielo límpido vestido de azul infinito. A las siete de la mañana el febo, a
pesar de acariciar tenue, anunciaba que la jornada sería calurosa, como todos
los días en el occidente de Nicaragua. En décadas pasadas,
la ciudad de León se atosigaba con camiones, tractores y remolques colmados de
hombres, mujeres y niños provenientes de los barrios pobres, con destino a las
plantaciones de algodón, a cortar el oro blanco que enriqueció a unos pocos en
aquel entonces.
Mario interrumpió la
calma matinal al salir apresurado con su computadora portátil al hombro y un
manojo de papeles entre las manos. Tenía prisa y se dirigía a su oficina más
temprano que de costumbre. Mario provenía de una familia pobre y numerosa, el
tercero de cinco hermanos. Su madre enviudó cuando apenas cumplía los seis años
de edad y conservaba en su memoria una imagen vaga y borrosa de su padre. Según
contaba su mamá, doña Magdalena, el padre de Mario, don Felipe, murió
intoxicado durante una de las temporadas algodoneras en la hacienda "El
Encuentro". Por cause de la muerte prematura del marido, ella se vio
obligada a trabajar intensamente para alimentar las seis bocas de la familia:
lavaba, planchaba, y cuando los hijos acababan con sus responsabilidades escolares,
los mandaba a vender buñuelos, cajetas y turrones.
Mario había hecho
grandes esfuerzos para acabar la secundaria, y más aún para estudiar medicina.
Durante sus estudios en la facultad, obtuvo el puesto de alumno ayudante de
semiología[1], que le
sirvió para sostener sus estudios y luego obtener un cargo como docente
auxiliar en la universidad.
La gente del barrio dejó
de llamarlo "Requeneto", para llamarlo
ahora doctor, y él simple como era, les recordaba que seguía siendo Mario, el
mismo que se había criado en la cuartería de la Dominga, en el barrio El
Calvario. El sobrenombre "Requeneto" le
venía por su baja estatura y su cuerpo musculoso. Acostumbraba vestir camisas
ajustadas para lucir sus vigorosos pectorales, y las mangas cortas que le
hacían cintura en los brazos a causa de sus bíceps y tríceps prominentes.
Mario caminaba con
presteza, pues su intención era llegar temprano al trabajo y finalizar con la
información que debía presentar al Rector de la Universidad y al Decano de
Facultad de Medicina en la reunión programada a las 8:00 de la mañana, ese
mismo día. Aquello que sospechó desde el inicio por el artículo de Barricada,
acaeció. La noticia de la investigación de mortalidad infantil había herido el
orgullo del gobierno, y en particular al Ministerio de Salud. La reacción
gubernamental no se hizo esperar, y tanto el Rector como el Decano de la
Facultad de Medicina fueron interpelados por autoridades de salud pidiendo
explicaciones del estudio realizado por la Universidad. El Rector después de
las llamadas recibidas convocó a una reunión urgente con los investigadores;
Mario era uno de ellos.
Para ganar tiempo en el
trayecto a la universidad, Mario decidió cortar camino por el cauce del
Calvario. Iba absorto en sus pensamientos, imaginando las preguntas del Rector
y las posibles respuestas. El cauce normalmente era una zona poco transitada
por la población y a las 7:00 de la mañana estaba más desolado. Antes de
atravesarlo, se detuvo un instante para revisar uno de los documentos que había
preparado durante el fin de semana y cerciorarse que no lo había olvidado en
casa. Lo encontró y lo puso en medio de todos los papeles para protegerlo en
caso de una caída en la bajada del cauce. Buscó el caminito socavado que la
gente a veces utilizaba para ir a botar basura, y con pasos cortos, pero
rápidos, descendió dando un salto para esquivar un barril plástico que se
encontraba al final de la bajada. En el salto, Mario perdió el equilibrio
dejando caer la computadora, pero no los papeles. Disgustado se inclinó para
recuperarla, cuando en eso sintió un empujón en la espalda que lo hizo caer de
bruces en el fondo lodoso del cauce.
— Agarrá
la computadora, agarrá la computadora. ¡Rápido,
rápido! –dijo una voz ignota.
Mario instintivamente se
levantó de un salto cogiendo la bolsa de la computadora por la faja que se le
había enrollado en el brazo. Los papeles volaron y cayeron sobre los charcos.
Sintió un jalón e inmediatamente aferró la faja de la computadora sin entender
qué era lo que estaba ocurriendo. En el jaloneo recobró el equilibrio,
arrebatando la bolsa de la computadora al desconocido. Al recuperarla intentó
escapar, pero otra persona lo sujetó por detrás aferrándolo fuertemente para
inmovilizarlo. Mario, con un movimiento felino se inclinó hacia adelante
lanzando al individuo por los aires, descargándole luego un puntapié en el
costado izquierdo al caer en el suelo.
El otro sujeto que había
caído también en el forcejeo inicial, ya recuperado le propinó un puñetazo
desmedido en la región lumbar sobre el riñón derecho, dejándolo momentáneamente
sin respiración. Mario para controlar la situación dio unos pasos hacia
adelante mirando desesperadamente a su alrededor para ver de cuántos asaltantes
se trataban. El atacante que lo había golpeado sobre el riñón se preparaba nuevamente
para otra descarga con el puño derecho, y Mario hábilmente, con un movimiento
de cintura de pugilista profesional esquivó el golpe que le pasó silbando por
la sien izquierda. El otro asaltante estaba aún en el suelo recuperándose de la
patada. Mario aprovechó el desequilibrio del agresor al no poder acertarle el
golpe, dejando el costado derecho abierto y sin protección. La experiencia de
muchos pleitos callejeros en su juventud, le indicó que era el momento justo
para golpear con la mano izquierda sobre el flanco derecho del contrincante.
Mario, con una rapidez de peso mosca, dejó caer con toda su furia un zurdazo
exactamente en la región hepática del asaltante, que cayó de rodillas gimiendo
de dolor.
Al instante Mario reparó
que el otro individuo se levantaba sin percatarse que en la mano derecha
blandía un pedazo de leño que traía escondido bajo la camisa, pero antes de
poder girarse para enfrentarlo, el asaltante ya en pié le descargó un garrotazo
en la región occipital derecha que le resonó como un tablazo en sus oídos,
provocándole un dolor agudo y una oscurana inmediata. Mario cayó de rodillas
como un muñeco de trapo, todavía consciente, pero sin ninguna capacidad de
coordinar sus movimientos. Se balanceó por dos segundos sobre sus rodillas mientras
el asaltante se preparaba para otra descarga, pero en ese momento, Mario,
completamente aturdido se desplomó como árbol abatido sin poner siquiera las
manos para amortiguar la caída.
El asaltante para
rematarlo, le dio una patada en el costado, pero Mario no se movió. El criminal
agarró la computadora y con prisa ayudó a su secuaz a levantarse del suelo.
— A la puta, nos salió
bravo el muchacho –dijo con la mano en el estómago todavía por el dolor.
— Apurate
que si no era por el garrotazo este hijueputa nos cachimbiaba, tiene una fuerza de caballo.
— Y me lo decís a mí,
que me pegó un vergazo aquí, en el hígado, me sacó
todito el aire, no jodás. Debería entrenar para
boxeador este hijueputa –respondió recuperando el
aliento.
— Ve, lo importante es
que conseguimos esta mierda, vamos a vendérsela a Cuco Pelón y después nos
vamos a echar unos buenos cachimbazos.
—No lo mataste, ¿verdad?
— Y yo que sé. ¿Te querés quedar para averiguarlo?
— Estás loco Mano de Punche, vamonós antes que alguien
nos vea por aquí.
— Subí vos primero que
yo te empujo. Dale, dale.
Los asaltantes subieron
por el borde del cauce sin ver para atrás, ignorando la fechoría que habían
cometido, sin importarles que Mario probablemente estuviera muerto.
*****
Durante mi corta
estadía en Nicaragua el pasado diciembre, tuve el placer de visitar por primera
vez el Centro Nicaragüense de Escritores. Para mi sorpresa, fue difícil escoger
entre tantos títulos, pero al final, por cuestiones económicas y de peso –debía
viajar–, escogí una lista reducida de ejemplares. Estar fuera, en un país de
habla portuguesa y rodeado de países de lengua inglesa, hace difícil poder
encontrar libros en español. Por eso, cada viaje a Nicaragua significa una
inyección de libros y de literatura nicaragüense.
Con las facilidades de
comunicación y la difusión del comercio vía Internet es posible comprar libros
en español, el problema es que lleguen. Por ejemplo, me compré Margarita y
Adiós muchachos del Dr. Ramírez por Internet, después de varios meses de e-mails con los proveedores pude al fin leerlos.
Pero bueno,
hablemos del asunto que me motivó escribir estas líneas. Entre los libros
adquiridos –no quiero hacer la lista de todos– “El ojo de cielo perdido” del
Dr. Nicasio Urbina es el que más me ha impresionado, y me gustaría compartir
con ustedes mis comentarios como lector, pues estoy lejos de ser un crítico
literario.
Me llamó mucho
la atención la forma clara, diáfana, breve y concisa con que el Dr. Urbina
narra lo cotidiano del ser común, y llevar la ficción a los hechos reales de la
vida y los hechos reales a la ficción. Tomo como ejemplo –aunque todos los
relatos se prestan– “La ironía”, que según Augusto Cermeño, el autor narra la
forma cómo fue asesinado su padre, el doctor Guillermo Urbina Vázquez. A ese
respecto, el autor lo señala en el prólogo: “para un escritor de ficciones la
vida real es el mejor espejo, su mayor fuente de inspiración; pero
precisamente, por ser escritor de ficciones, es que tiene que inventarse una
vida. He ahí, la gran paradoja del escritor de estas páginas…”.
Descubrir el
límite entre ficción y realidad en estos relatos –si es que existe–, es una
empresa difícil. Y es en ese ambiente que el autor sumerge al lector, un
ambiente paradójico de realidad–ficción, ficción–realidad, y éste, en mi
humilde opinión, es el más grande logro del Dr. Urbina como narrador.
Pero también en
el texto es posible identificar al académico. Podemos apreciar con mucha
claridad como el autor hace uso de las técnicas del buen escribir, las técnicas
del cuento de las cuales no voy a entrar ahora en detalle.
Para ilustrar
mejor lo que quiero decir me gustaría tomar como ejemplo la técnica utilizada
en el inicio de algunos relatos. Técnica esta que desde la primera oración
cautiva la atención del lector. Por ejemplo, en El corsario: “La primer vez
lo sorprendí espiando en la hendija del aire acondicionado”.
En Vida y obra
de Zacarías Malkiel: “Empecé a escribir la biografía de Malkiel impresionado por la calidad de su prosa y la
profundidad de su pensamiento, pero nunca imaginé que aquella obra iba a
determinar de manera tan radical el curso de mi existencia”.
En La ruta: “Federico
necesitaba urgentemente conseguir algún dinero”.
En El camino de
oriente: “Conocí
a mi esposa comprando calzoncillos, una tarde de junio…”.
En Cuervos
sobre el trigal: “Pobre, sin compañía, sin un amor en la vida, Pasos vagabundeaba por la
calle”.
Y así podría
citar otros ejemplos. Estas oraciones iniciales despiertan la curiosidad al
lector e invitan a continuar con la lectura. En estos inicios, el Dr. Urbina
incluye elementos como el dinero, la soledad, la muerte, el empleo, conflictos
matrimoniales, etc., aplicando una dosis de intensidad que realza la acción.
No me gustaría
finalizar sin antes mencionar el relato corto “La prisión”, que en su brevedad
–123 palabras– consigue expresar de forma elocuente y con abundancia de
significado el tema de la identidad y la libertad. Un cuento corto que reúne
todas las características necesarias: breve, intenso y con un gran final.
Para concluir,
quiero sólo agregar que al leer al Dr. Urbina en “El ojo del cielo perdido”, el
lector no goza solamente de una agradable lectura, también aprende técnicas
para el buen escribir.
Maputo, 08/01/2001
Adiós a Juan Bosch (Publicado
en La Prensa Literaria, Nicaragua)
Miguel Aragón López*
En la madrugada del 1ro. de
noviembre del corriente, una insuficiencia respiratoria agudo puso fin a la
vida del ex-presidente de la República Dominicana, profesor Juan Bosch. El profesor Bosch es
reconocido en el mundo de la literatura hispanoamericana como uno de los
mejores cuentistas contemporáneos y como político el padre de la democracia
dominicana.
Juan Emilio Bosch Gaviño nació en La Vega, República Dominicana, el 30 de
junio de 1909. Inició su educación formal en Río Verde con la profesora Paquita
Sánchez, quien le enseñó a las nociones básicas de lectura y escritura. A los
siete años de edad ingresó al colegio San Sebastián de La Vega, dirigido por el
destacado educador Fantino Falcón, donde cursó la
educación primaria e intermedia entre 1916 y 1924. Siendo todavía adolescente
trabajó para varias firmas comerciales en Santo Domingo. En 1930 viajó a España
y leudo pasó a Venezuela, Curazao, Martinica y
Trinidad. Durante ese recorrido le tocó ser desde cargador de camión hasta
presentador de espectáculos en un parque de diversiones. En 1931 regresó a
Santo Domingo. Allí inició los estudios del bachillerato, pero solo completó el
tercer año. Ese mismo año, cuando el destacado humanista Pedro Henríquez Ureña regresó al país a desempeñar el cargo de
Superintendente General de Enseñanza, le ofreció asesoría intelectual y
literaria y lo introdujo en la lectura de Horacio Quiroga, Guy
de Maupassant y otros maestros del cuento europeo y
latinoamericano.
Su vida literaria se conjuga con sus intereses
políticos publicando en 1933 su primer volumen de relatos titulado Camino real
y, en 1936, su primera novela, La mañosa con profundo contenido social.
Agobiado por la situación política creada en la República Dominicana por el
régimen de Trujillo, decidió abandonar el país en 1937. Primero vivió en Puerto
Rico y luego en Costa Rica, Bolivia, Chile y Caracas, pero su residencia
definitiva la estableció en Cuba. En 1939 se unió a un grupo de opositores de
la dictadura trujillista y fundó el Partido Revolucionario
Dominicano (PRD) Luego del asesinato de Trujillo, en 1961, retornó al suelo
patrio y tanto él como su partido se convirtieron en la esperanza de gran parte
de la población dominicana. Fruto de la confianza que depositó el pueblo en él,
ganó las elecciones celebradas el 20 de diciembre de 1962. El 27 de febrero de
1963 tomó posesión como Presidente de la República, pero siete meses después,
debido a su política de apertura hacia el pueblo fue acusado de apoyar a los
comunista, y por esa razón derrocado por un golpe militar que lo obligó a
exiliarse en Puerto Rico.
En 1965 sus partidarios realizan una revolución
que termina con una intervención armada estadounidense. En 1966 se presenta a
las elecciones, pero es derrotado por Joaquín Balaguer. En 1973 se separó del
PRD y fundó el Partido de la Liberación Dominicana (PLD). Bajo su liderazgo y
orientación, el PLD ganó las elecciones del 16 de agosto de 1996, llevando a la
presidencia, en esa ocasión, del Dr. Leonel Fernández
Reina. Como candidato de este partido se presenta en las elecciones de 1978,
1982 y 1990, pero no logra alcanzar la presidencia. En las elecciones de 1996
el PLD logra ganar las elecciones, pero el candidato en este caso era Leonel Fernández. El papel de Juan Bosch
en esta victoria fue crucial, pues formó la alianza "Frente
Patriótico" junto a Joaquín Balaguer para impedir la victoria de José
Francisco Peña Gómez (candidato del Partido Revolucionario Dominicano).
Juan Bosch es conocido
por su narrativa social realista. Ha escrito más de 50 novelas y cuentos. Sus
obras más famosas son: "Cuentos Escritos en el Exilio", "El Oro
y La Paz" y "La Mañosa". La obra de Bosch
no sólo es literaria, realizó grandes aportes como sociólogo e historiador en
libros como: "Hostos, el sembrador",
"Judas Iscariote, el Calumniado",
"Dictaduras Dominicanas" y "Clases Sociales en la República
Dominicana".
Sus escritos literarios, producidos en su mayoría
durante sus años de exilio, y sus textos políticos e históricos abarcan más de
cincuenta títulos, algunos de los cuales han sido traducidas al francés,
inglés, portugués, alemán, italiano y holandés. Bosch
es el más importante cuentista dominicano y una de las grandes voces del cuento
latinoamericano contemporáneo. Figura entre los más notables precursores del
criollismo y del socio-realismo literarios hispanoamericanos. Después de
decretarse por la presidencia de la república 3 días de duelo nacional por la
muerte del profesor Juan Bosch, sus restos descansan
ahora en el cementerio municipal de La Vega.
04/11/2001
Port au Prince, Haiti
* Médico y escritor nicaragüense.
Referencias:
El expreso (diario dominicano).
Web
site: www.escrotresdominicanos.com.
Diario Libre (periódico dominicano).
E-mail: miguelelmc@yahoo.com
Última
actualización: 25/03/2002
[1]
Disciplina de la medicina que estudia los signos y síntomas de los
pacientes para el diagnóstico.